de fiestas, folclore y riesgos


Que River y Boca estén de fiesta al mismo tiempo es una de esas rarezas que nos depara el fútbol; implica que está contenta la mayoría de los futboleros y eso no puede sino ser muy bueno.

Implica también que a los varios años en los que Gallardo se convirtió en una figura absorbente del duelo superclásico le ha salido la contrafigura de Riquelme, y ambos se están adueñando de un marketing que nos hace pensar en un 2022 en el que prometen sacarse chispas.

El Muñeco “condujo” el acto con el que miles de riverplatenses recordaron los tres años de la gran final de Madrid, y centró su discurso, con una elipsis no muy difícil de interpretar, en el dolor de los primos.

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El día anterior, Román había celebrado la Copa Argentina enarbolando que, desde su llegada, Boca era el que más títulos había ganado, y reclamando que le permitan, por esas conquistas, jugar más finales, a pocos días de que los primos tengan una contra Colón.

Que los protagonistas se pongan la piel de hinchas, cuando no es forzado o demagógico, bienvenido sea. La escalada de dedicatorias a unos y otros nos pone frente a una frontera delgada, la que va del folclore a la desubicación, y a eso es a lo que tendrán que estar muy atentos quienes tienen responsabilidades de conducción.

Que en una fiesta organizada por el club, los artistas canten “que se mueran los bosteros” o que les “duele la cola”, o que el circunspecto Francescoli cante que Boca “murió en Madrid”, entra en esa zona peligrosa, que puede cruzar un límite.

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El folclore y la gastada están en el espíritu del futbolero y lo acompañamos.

Que dirigentes y protagonistas empaticen con el fana es saludable; pero si recuerdan su rol, cuando se comportan como hinchas estará bueno que saquen afuera lo mejor del hincha, lo mejor de la tribuna, y no cuando la tribuna se va a la banquina.



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