Fui testigo de un fenómeno futbolero sin precedente


La sonoridad de los golpes de las cacerolas frecuentaba los oídos de todos en aquella Argentina desgarrada. Quemaban las calles. Por el calor abrumador y por los ánimos en un país desquiciado en pleno estallido social. Siete días antes, el 20 de diciembre de 2001, el famoso helicóptero retiraba a Fernando De La Rúa por la terraza de la Casa Rosada y ya se conocía que las muertes habían llegado a 38 por la represión policial. El país estaba en llamas, pero los hinchas de Racing atravesaban una realidad paralela, realidad al fin. Después de tantos años de sufrimiento, estaban en todo su derecho de ser un poco egoístas y pensar, por ese entonces, en el objetivo que los obsesionaba: ser campeones.

A mis 26 años, cuando tenía cinco de trayectoria en este diario, fui testigo de un fenómeno futbolero sin precedentes. Era consciente. Logré situarme en tiempo y espacio, algo que no es sencillo durante el fragor de hechos intensos. Sabía lo que se gestaba. Y me permití disfrutarlo luego de años anteriores en que las noticias del club se vinculaban con deudas, juzgados, quiebra, la síndico Liliana Ripoll o el juez Enrique Gorostegui…

El 27 de diciembre fue el gran día. El final de un recorrido signado por la locura pasional en ese Torneo Apertura 2001. Allá íbamos junto a compañeros, a bordo de los remises, por la autopista 25 de Mayo, listos para una jornada que me -y nos- marcaría para siempre. Miles de hinchas se dirigían hacia el Amalfitani, como nosotros. Otros tantos pasaban por la mano contraria, rumbo al Cilindro, donde los esperaba una pantalla gigante. Distintas direcciones, pero hacia un mismo desenlace: la gloria. Coparon la autopista. Coparon dos canchas al mismo tiempo. Ya estaban haciendo historia antes de la historia mayor. Cuándo no, los hinchas de Racing. 

Mostaza Merlo, el formador del Racing que alcanzó la gloria.

Mostaza Merlo, el formador del Racing que alcanzó la gloria.

El cabezazo de Loeschbor puso a la Academia a tiro de tocar el cielo. Y Racing padeció, fiel a su pasado, por ese gol del empate de un tal Mariano Chirumbolo, nombre más recordado -y maldecido- por los hinchas de la Academia que por los de Vélez… Y River, el escolta, le ganaba a Rosario Central. Pero no. Campagnuolo, con la pelota en su poder, le preguntó a Brazenas: «¿Cuánto falta? ¡Mirá cómo está la gente!». El árbitro le dijo: «Poné la pelota en el piso que se termina». Y terminó, nomás. Como lo había adelantado el gran Mostaza Merlo.

Así festejó Loeschbor el gol de cabeza ante Vélez. Un rato después empataría Chirumbolo, pero Racing igual saldría campeón en cancha de Vélez.

Así festejó Loeschbor el gol de cabeza ante Vélez. Un rato después empataría Chirumbolo, pero Racing igual saldría campeón en cancha de Vélez.

«Ahora me enojé, vamos a ser campeones», había tronado la frase desde la boca de Reinaldo, dos fechas antes, luego del empate con Banfield en cancha de Huracán, lo que propició que River se le acercara como escolta. Pensé que esa declaración le generaría más peso a los jugadores, aunque ocurrió a la inversa. Se liberaron, sintieron que a partir de ahí absorbería todo su técnico, el hombre de la cabellera rubia que tenía una relación respetuosa y paternal con sus dirigidos. Los jugadores lo adoraban. Se divertían con él, gozaban de su carisma. Se reían. El trato mutuo era inmejorable. Mostaza había logrado un tesoro invaluable: el compromiso emocional de sus muchachos hacia él. No podían fallarle.

Racing empezó a ser campeón mucho antes de ser campeón. Lo fue en cada fecha, con el temperamento suficiente para saber soportar la presión de liderar un torneo y llevar en su carro la gigante ilusión de millones de hinchas que se arrodillaban alrededor del micro que trasladaba al plantel hacia la cancha, los días de los partidos. Unos 50 minutos demoraba el ómnibus desde la bajada del Puente Pueyrredón hasta el estadio… Era una caravana, una ola de corazones eufóricos que acompañaban al micro siempre. A un equipo que no necesitó grandes figuras para ser cosa muy seria.

UN EQUIPO QUE DEJABA SIN ENERGÍAS A LOS RIVALES 

Ese Racing comía los tobillos. Desgastaba. Atacaba con mucha gente y defendía de la misma manera. Era dinámico, solidario, aguerrido y compacto. Y sobre todo, poseía un carácter era demoledor. Campa era pura seguridad; la defensa funcionaba como un relojito, Bastía era un pac man; Gustavo Barros Schelotto era el más cerebral; Chatruc, el desorden que desordenaba rivales; Vitali y Bedoya, dos pistones como laterales-volantes; Estévez, goleador y desequilibrante; Maceratesi, el de los goles poco estéticos y Milito, el pibe que mostraba su talento.

«Si jugamos a este ritmo, salimos campeones», le dijo Merlo al Profe Castilla durante el partido de la primera fecha, en el triunfo sobre Argentinos. Mostaza vio lo que pocos. O casi nadie. Un visionario. Y llegaron los cuernitos de cábala, las camisas repetidas, los entrenamientos ultra-cerrados para no dar pistas tácticas a los adversarios. Nobleza obliga, Mostaza, confieso: a través de la hendija de uno de los tantos portones del Cilindro, te espiábamos las prácticas junto al querido colega Pierre Manrique (que en paz descanse), descubridor de ese rincón revelador.

Y entre que espiábamos y anotábamos, claro, nos íbamos a recorrer los alrededores del estadio. Porque en cada semana, la venta de entradas era un acontecimiento aparte. Las colas, a veces, llegaban hasta la cancha del vecino… Los hinchas montaban sus carpas y pasaban la noche allí uno, dos o tres día antes de que se abrieran las boleterías. Era un ritual. Mates, alcohol, comida… Eran páginas y páginas las que hacíamos con las coberturas de expendios que en cuestión de minutos se terminaban por la voracidad de tickets. Los jugadores se entrenaban, esos días, con la música de fondo que le regalaba la gente pidiendo el titulo y cantando por Racing… Así, también, se iban curtiendo en eso de aprender a tolerar la presión.

El 11 de septiembre de 2001 un atentado terrorista derribó las Torres Gemelas, poco antes de que el plantel de la Academia comenzara la práctica matutina en el predio del Ceamse. Esa mañana, como en todo el mundo, hubo conmoción y los jugadores nos pedían información sobre lo que estaba ocurriendo en Nueva York. Pero enseguida se metieron en esa coraza que también le había permitido a Racing abstraerse del caos social en la Argentina.

MOSTAZA NO QUERÍA SABER NADA CON POSTERGARLO

Estuvo el riesgo de que el encuentro con Vélez se postergara para febrero de 2002, pero el Gobierno efímero de Ramón Puerta aceptó que se disputara en la fecha original. Y Mostaza se alivió, Todos se aliviaron. En medio del estallido social de 2001, Racing generó su propio estallido. De los más lindos de su historia.



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