Agustina Caride y el bordado de la grieta


Al silencio de la ciudad durante la cuarentena se le suma otro silencio, el del enojo, el de las pequeñas heridas, el de las ofensas que fueron horadando de manera casi imperceptible una amistad forjada a lo largo de los años. Elvira y Leonor viven en dos departamentos del mismo PH, pero ya no se hablan.

Desde ese presente de distanciamiento, surgido al calor de la disputa política, no pueden dejar de pensar la una en la otra, de recordar la forma en que se conocieron, la manera en que se fue tejiendo esa amistad. Reminiscencias de ese pasado vuelven una y otra vez, enlazadas a distintos episodios de la historia del país, desde los años 70, cuando nació ese vínculo que creyeron indestructible y, sin embargo, parece haberse disgregado irremediablemente.

Donde retumba el silencio, de Agustina Caride, ganadora del 24º Premio Clarín Novela, es una elegía a la amistad desde su pérdida, una novela que habla sutilmente del presente, de la forma dolorosa en que la historia y la política atraviesan nuestras vidas, las conmueven y descalabran al punto de hacer tambalear lo que más queremos.

Con varias novelas publicadas –dos para adultos y varias juveniles–, discípula durante años de Liliana Bodoc, “socia” de Agustina Bazterrica –Premio Clarín en 2017 por Cadáver exquisito– en cursos y talleres de lectura y escritura, Agustina Caride accede a la entrevista en la Biblioteca del Parque de la Estación entusiasmada y sonriente, como quien sabe que tiene parte del camino recorrido pero intuye que todavía le espera lo mejor del viaje.

“Hace tiempo que quería escribir sobre la amistad entre mujeres, que es muy poderosa. Escribir un canto a la amistad. Al principio, iba a ser sobre un trío de mujeres de mi edad, dos de ellas atravesando la separación. Pero no prosperó. Pandemia por medio, empecé a quererlas más grandes, de ochenta o setenta y largos, porque supe que las iba a encerrar. Me preocupaban mucho los mayores, me iba enterando de muertes en soledad, de una amiga a la que se le murieron los padres y no pudo ir al entierro”, recuerda Agustina, que la noche en que recibió el premio mencionó a sus alumnas entradas en años, a las que veía “apagarse” desde la pantalla del zoom y a quienes tuvo muy presentes a la hora de escribir.

–¿Abordar el tema de la polarización política, de la llamada “grieta”, estaba en tu proyecto original?

–Sí. Eran dos íntimas amigas peleadas a muerte y todo iba a girar en torno a la pelea ocasionada por la grieta. Pero ellas fueron ganando espacio y la grieta fue perdiendo terreno. Por momentos, me preguntaba si no estaba siendo muy light en relación con el tema de la grieta. Una novela con la que hay puntos de contacto es Patria de Fernando Aramburu. Una alumna española me decía que él había sido muy valiente, porque el tema ETA todavía está muy a flor de piel en España. Yo a veces sentía que no estaba siendo valiente. Pero la mía es, sobre todo, una novela de amistad.

–No debe haber sido fácil tratar el tema, con el riesgo de caer en el maniqueísmo o el cliché.

–Me costó mucho. Yo no quería tomar partido, porque de eso se trata. Me divertía jugar con el lector, que no pudiera identificar de qué lado estaba. La novela intenta plantear: dejemos de lado esto. En la entrega del premio, Martín Caparrós dijo que lo que le había gustado eran los silencios. Lo quise trabajar desde ahí. La grieta ha llegado al punto de que no podés estar en un asado con alguien que no piense igual que vos. Y ahí se crean los silencios. El silencio empieza a ser un peso, incomoda, duele. Esa es la punta del iceberg. Escribir es plantearse preguntas: no sé cómo se formó la grieta, no sé cómo se sale de la grieta. Sí sé de amistad. Tengo una íntima amiga con la que somos muy opuestas y, al mismo tiempo, las dos queremos lo mismo. Pienso que Vira y Leo somos Andre y yo.

–¿Tuviste miedo de cargar las tintas más sobre una que sobre la otra?

–Sí, me daba miedo y por eso sentí que iba a medias tintas cuando, de hecho, la pelea real nunca sucede, porque era yo que le daba vueltas y las ponía en esta mesa, y quería instalar el silencio e instalaba la media tinta. Y ahí pensé, está bien que también yo esté en medias tintas, porque estoy mostrando que no se puede hablar. La novela arranca en la dictadura, cuando no se podía hablar. Hoy, salvando las distancias, me da miedo eso. ¿Vamos a seguir escalando?

–Tus personajes empiezan a dejar de hablar como una forma de evitar la pelea: “Me coso la boca”, dice una mientras habla la presidenta, en un intento de no entrar en conflicto.

–Ahí es que me preguntaba como escritora: ¿tengo que resolver esto en el libro? No, lo que quiero es plantearlo. Es decir: hablemos de la grieta, aun sabiendo que va a haber comentarios de cualquier tipo.

–Pensando en genealogías, como dijo Clara Obligado, tu novela entronca en una literatura de la intimidad, en la estela de Virginia Woolf o Natalia Ginzburg.

–¡Cuando lo dijo se me aflojaron las piernas!

–Pero, a la vez, esa intimidad, esas vidas, están cruzadas por los vaivenes de la historia del país.

–Eso lo reconozco en mi propia vida. Si vos me decís: bomba en la embajada de Israel, pienso: fue el día en que mi hermano fue a comprar las alianzas para su casamiento y no volvía. Vivíamos a la vuelta de la embajada. Me acuerdo cómo retumbaron los vidrios de casa. Estamos atravesados por esos acontecimientos pero, en definitiva, uno se acuerda de los anillos. El escritor español Antonio Muñoz Molina se refería a su última novela, donde resuenan episodios históricos de España y decía: al final, uno recuerda no la bomba y la corrida sino la olla que quedó prendida en el fuego. Es esto, lo cotidiano, la intimidad.

–De hecho, la novela pone una atención microscópica en los pequeños gestos que van cimentando una amistad.

–Recurrí mucho a recordar cómo me fui haciendo amiga de mis amigas. Una de ellas me contó que la primera vez que entró a casa y vio la biblioteca pensó: esta chica me va a caer bien. Puse ese tipo de cosas en la novela. Leo y Vira se eligen la una a la otra.

–Sin embargo, al principio tienen prejuicios, una ve a la otra como más estirada. Hay atracción y recelo a la vez.

–Sí, porque las quería distintas, por la época, los 70. Quería asociar los silencios a distintos momentos del país. Se conocen en un tipo de silencio –el de la dictadura–, se pelean en otro tipo de silencio, y después la pandemia trae otro tipo de silencio. Esos silencios van hilvanando la historia. Cuando empiezan a conocerse, en la dictadura, Leo piensa: dije que tenía campo, a ver si cree que soy una oligarca. Y la otra, cuando le deja la hija a su cuidado, no le quiere decir que van a quemar los libros.

–Pensando en la forma en que hilvanás esos hechos nimios que van tejiendo esa amistad, Virginia Woolf decía que la escritura de las mujeres tenía que alejarse de la frase tal como la habían armado los hombres, pomposa y grandilocuente. Tamara Kamenszain, en Bordado y costura del texto, retoma esa idea de Woolf y dice que es en el contacto con la madre donde se desarma esa pomposidad, en el cuchicheo, en la plática cotidiana de las mujeres.

–Me gusta tu observación, también en la novela Leo teje y cose con la Singer. Y lo del cuchicheo es así porque viste lo que es una mesa de mujeres, hablamos todas al mismo tiempo y a la vez nos podemos escuchar. Nuestra verborragia está en ese fluir de conciencia de mis dos personajes. Este hablarse a ellas mismas, cuando en realidad le están hablando a la otra, a una foto, a la virgen, o miran para arriba porque allí está la otra.

–Hay un bordado minucioso en el texto, en relación con el tiempo, por ejemplo, un trabajo muy fino allí para coser ese zigzag del presente al pasado.

–En la primera parte de la novela, desde que cuelgan el cartel de venta en la casa de Elvira, hasta que se decreta la cuarentena, transcurre un solo día y en la novela se narran años. A Leo y Elvira, el cartel las hace salirse de ese día, remontarse a otra época. Para mí la vida no es lineal. Hoy todavía estoy sumergida en lo que sucedió la noche de ayer (la de la entrega del premio). Me gusta escribir así y como lectora también me aburre lo lineal. Me resulta más desafiante escribir hilvanando.

Donde retumba el silencio también trata sobre el confinamiento en 2020, que en la vida de esta escritora significó noches de insomnio y un “desierto literario”, como dice: no podía ponerse a escribir. Sin embargo, sus dos personajes iban ocupando espacio en su imaginación. “Uno escribe mientras se ducha, mientras hace la cama, mientras está hablando con alguien y piensa: esto lo podría estar diciendo Vira”. Con la meta de presentarse al Fondo Nacional de las Artes, en diciembre puso manos a la obra y la novela estuvo lista en un mes y medio. “Tenía en mi cabeza muchas escenas: Leo debajo de ese cartel de venta y el barrio Los Andes. Las hice conocerse ahí y después las trasplanté al PH de Roseti.”

–El espacio tiene gran protagonismo en la novela. En el barrio Los Andes, ellas se involucran en cierta militancia barrial que las une, “las colectivas”.

–Me basé en historias reales contadas por vecinos. Mi idea era mostrar cómo en la intimidad vamos haciendo cosas que replican lo que es a gran escala el país. Lo de ellas se parece a la militancia porque se trata de ir construyendo una comunidad. Y de esa manera también se van conociendo. En su quehacer cotidiano son iguales, piensan igual, entonces su ideología no puede ser tan distinta.

–Tienen una misma sensibilidad.

–O una misma moral, están por lo mismo. La que parece una oligarca está por el pueblo. Uno dice, ¿por qué nos peleamos en la vida? Y cuando escribía me enojaba con las dos: háblense, tóquense el timbre, subí, Leo, no lo dejes para mañana que se viene la pandemia. Las cosas importantes, andá, decilas, no las postergues. Las dos se putean en silencio y se miman en silencio también.

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