¿Cuánto durará el nuevo bipartidismo argentino?



En los últimos días, Alberto Fernández, Mauricio Macri y María Eugenia Vidal salieron a pedir por la unidad de sus respectivos espacios electorales, el Frente de Todos y Juntos por el Cambio. Hay que tomar en serio sus declaraciones, porque la actitud de los políticos será clave para evitar la fragmentación.

Pero no les resultará fácil: el germen de la división de los frentes está instalado. Y cosas como la que ocurrió esta semana en la legislatura bonaerense, donde sectores del FdT y JxC acordaron la vía libre a la reelección de intendentes sin haberlo explicado siquiera a sus propios votantes, no los ayuda.

Entre el anuncio de la fórmula Fernández-Fernández en mayo de 2019 y las elecciones del pasado 14 de noviembre, la política argentina vive una codiciable “nueva era bipartidista”, que produce cierta admiración en la región y aún entre nosotros mismos.

Años antes tuvimos varios peronismos y también varios “no-peronismos”, hasta que todo se reorganizó alrededor de los dos grandes polos que hoy dominan. Pese a nuestra penuria económica, la política luce sólida y estable.

El nuevo bipartidismo argentino contrasta, además, con el panorama atomizado y volátil de vecinos como Brasil, Chile, Ecuador o Perú, cuyos votantes abandonaron a las fuerzas establecidas en las elecciones recientes. Aquí, mientras tanto, en las presidenciales de 2019 la suma de Todos y Juntos llegó al 90% y en las legislativas de 2021, aún con la dispersión habitual de las elecciones intermedias, se consolidó en 75%.

Pero cabe preguntarse cuánto tiempo más durará este milagro bipartidista. El malestar de la opinión pública sugiere que tiene fecha de vencimiento. En general, la ciencia política asocia a un sistema partidario consolidado con un electorado que se siente bien representado por la oferta política, y se identifica con ella.

Las encuestas del 2021, en cambio, mostraron que muchos votantes del FdT están disconformes con el gobierno, y otros tantos de JxC hacen un balance negativo de la presidencia de Macri; predomina la desaprobación del presente, el pesimismo sobre el futuro, y la mirada crítica de la dirigencia. La relación entre política y sociedad tiene fisuras.

Todo ello se expresó con la baja participación del pasado 14 de noviembre -7 puntos por debajo del promedio- y con el aumento del caudal de votos de la izquierda trotskista y los libertarios, que tienen un discurso muy crítico del nuevo bipartidismo FdT – JxC.

¿Por qué, en este marco incierto, las fuerzas dominantes siguen sólidas en Argentina? Hay votantes regulares, que siempre ponen la misma boleta, pero en este caso, además de la polarización, ayudó la estrategia de los dirigentes. “Cambiemismo” y “frentetodismo”, en ese orden de aparición, son el resultado de años de aprendizaje acerca de las virtudes de formar grandes frentes electorales para enfrentar a un adversario que podía vencer. Cristina Kirchner y Mauricio Macri, pese a su fama de líderes personalistas, fueron constructores de frentes amplios.

Así y todo, las elecciones del 14 de noviembre dejaron la sensación de que ellos ya no son los mismos de ayer. Los buenos desempeños relativos del larretismo y el radicalismo, en simultáneo con la perforación del piso histórico del peronismo, sugiere que Mauricio ya no conduce a los cambiemitas, pero Cristina tampoco los asusta.

Se diluyó la unión por el espanto. Este nuevo Juntos por el Cambio, que gana a nivel nacional y lleva tres elecciones consecutivas logrando más del 40% de los votos, tiene todos los incentivos para lanzarse a una gran primaria competitiva, cada día más difícil de evitar.

Mientras tanto, en el peronismo pasa algo diferente pero de similar impacto. Puertas adentro, ya todos se dieron cuenta de que la unidad no funciona más como fórmula atrapavotos. Competir es mejor, sobre todo si hay voces disidentes que necesitan expresarse. En el pasado, muchas veces a los peronistas, tanto a nivel nacional como local, les fue mejor compitiendo que con listas de unidad. El propio Alberto Fernández, al preanunciar primarias en 2023, lo está reconociendo.

Entonces, si el clima competitivo está lanzado en los dos grandes frentes, ¿podrán las próximas PASO contener toda esa ambición política dentro de cada uno de los espacios? ¿O, más bien, estos se verán desbordados por la competencia interna, como sucedió en 2003? La cintura y decisión de los líderes, y el clima social de los próximos años, escribirán esta historia.

Si el malestar de los votantes sigue en aumento, fortaleciendo un poco más a trotskistas y libertarios, va a ser cada vez más difícil que los dos frentes principales resuelvan la competencia interna con candidaturas centristas aglutinadoras. Y más fácil que los discursos más duros dentro del FdT y JxC pidan pista.

En suma: el nuevo bipartidismo puede sobrevivir, nadie tiene la bola de cristal, pero hay buenas razones para creer que las demandas sociales y las propias estrategias de los políticos ambiciosos lo pondrán en jaque.

Julio Burdman es politólogo, profesor de la Universidad de Buenos Aires.