dos canchas y diez minutos inolvidables para un show perfecto de un fútbol imperfecto



La definición de la Liga Profesional reivindicó a cuatro de los cinco equipos ‘grandes’ ante la suspicacias que se generaron en la opinión pública ante la última fecha.

Todo se funde y se confunde en los 10 minutos más apasionantes de los últimos años en el fútbol argentino. Los de Boca en la Bombonera gritan por River, el eterno rival. Los de Núñez, por su parte, dudan si festejar o no los goles propios porque entienden que hacerlo es sinónimo de hinchar por Boca, su eterno rival. Y el Cilindro se enciende una y dos veces por las manos que regala Independiente, el eterno rival. Mientras tanto, los del Rojo no saben si levantar la frente o no por la notable actuación de los suyos de visitante, porque eso puede facilitar la vuelta olímpica de Racing, el eterno rival. Enseñan algo los minutos finales de la impactante definición: el orgullo propio, la honradez de los escudos y la honorabilidad de los futbolistas argentinos son más fuertes que cualquier eterno rival. Y bastante más: el mensaje que manda nuestro fútbol al mundo es poderoso. Tal vez por primera vez, el producto fue producto.

Fue infartante la definición, de principio a fin. Pero los 10 minutos finales deben haber excitado a todos los productores de las distintas plataformas de streaming. Todo sucedió en ese lapso impensado. La alegría y la tristeza fueron las caras de una moneda que voló por el aire y fue dando vueltas y vueltas hasta caer de un lado. Terminó Boca celebrando gracias al penal atajado por Franco Armani, ese arquero que se juega su participación en Qatar y al que se le cuestionaba su performance en la pena máxima.

Lo que primero conviene decir es que Independiente jugó un partidazo en cancha de Boca y hasta es probable que haya merecido ganar. River, en tanto, no brilló ni pasó por arriba a Racing, pero le generó varias situaciones claras de gol.

En las últimas 72 horas se dijeron infinidad de cosas. Y no sucedió casi nada de lo que se enunció. Porque Independiente entregó una de las mejores versiones desde el retorno de Julio César Falcioni y porque River evidenció que sigue siendo de temer aún cuando transita por un año para el olvido. Los de Boca no podrán reprocharle nada a River ni los de Racing a Independiente. Lo que pasó este 23 de octubre será recordado por el resto de los años como la jornada de la honradez. No hay otra forma de denominarla, más allá de que algunos hinchas de River protestaron en las redes sociales -especialmente en Twitter- por facilitar la vuelta olímpica de los dirigidos por Hugo Ibarra.

Habría que realizar un documental con los últimos minutos de la jornada y distribuirlo por el mundo. Esto somos, diríamos sacando pecho con la cinta en mano, muy a pesar de las infinitas crisis económicas que conspiran con la conformación de planteles de mayor jerarquía, y muy a pesar de los dirigentes futboleros que arman torneos insólitos con fechas finales peligrosas desde el punto de vista de la seguridad.

Arrancó ganando Independiente en la Bombonera por el gol de penal de Leandro Fernández. Era justa la ventaja. “Siempre para adelante, siempre”, soltó al viento Fernández. Iban 32 minutos de la primera parte. Ese grito provocó el estallido del Cilindro, en donde Racing era mejor que River pero no encontraba ideas para perforar a Armani. Incluso en el instante del gol del Rojo, Gabriel Arias le atajó un mano a mano a Marcelo Herrera. Pero la euforia en Avellaneda duró simplemente 2 minutos, hasta cuando Guillermo Pol Fernández empató de cabeza tras un centro de Óscar Romero, un ex académico.

Los complementos comenzaron sincronizados y en pocos segundos Boca se puso en ventaja por un gol de tiro libre de Sebastián Villa. La sensación era que todo estaba liquidado, incluso cuando Matías Rojas cambió por gol un penal de Javier Pinola a Enzo Copetti. Los dos ganaban y todo quedaba como al principio.

Pero a los juegos les faltaban acciones para ingresar en la historia grande. El minuto 35 en la Bombonera y en el Cilindro fue de locura y donde todo se mezcló. El colombiano Miguel Borja empató con una sutil definición provocando un derrumbe en Avelleneda. Otra vez River, el rival más incómodo. Allá Boca le ganaba al Rojo, los rivales de siempre. Y acá empate. Pero en el instante en que los hinchas de la Academia agachaban la cabeza con la certeza de que todo estaba acabado, en el aire de la Bombonera volaba un córner de Juan Cazares que hallaba la cabeza del juvenil Javier Vallejos. Lo impensado estaba ocurriendo: Independiente empataba y una victoria de Racing lo consagraba campeón. Sí, el Presidente Perón se prendió fuego con el gol del Diablo; sí, los hinchas de Racing festejaron a rabiar un gol de los “vecinos”.

Y fue Racing por la victoria que le borde una estrella más. River hacía lo que podía, hay que decirlo. Jugaba sin un volante de marca y con Tomás Pochettino y Agustín Palavecino como contenciones. No le sobraban ideas a la Academia. Fernando Gago metió cambios raros: estando en ventaja sacó a Johan Carbonero y a Matías Rojas para armar una línea de 5 defensores. Fue exagerado porque los dirigidos por Marcelo Gallardo no estaban cerca de la igualdad, que finalmente lograron tras un lindo pase de Pochettino a Borja. Así, tuvo que dar marcha atrás Gago y mandó a la cancha a Maximiliano Romero y a Nicolás Oroz. Volvió a dominar el local. Y la explosión más sonora de la tarde se provocó cuando Pablo Echavarría cobró una falta de Herrera a Leonardo Sigali y marcó el punto de penal. Iban 43 minutos.

Y entonces las imágenes fueron de los hinchas. Los de Racing movían la cabeza de un lado a otro con una sonrisa en el rostro; los de Boca imitaban el gesto, aunque con caras de pánico. ¿Qué sería de las caras de los de River y los de Independiente en esos momentos? Mientras Pinola y compañía le protestaban al árbitro, los futbolistas académicos definían quién pateaba. Se trataba de un penal caliente, claro. Ya no estaba Rojas en cancha. Gabriel Hauche se arrimó con timidez y Enzo Copetti optó por no tomar la responsabilidad. Asomó Jonathan Galván en escena, tal vez por pedido del entrenador. Y no dudó el ingresado defensor cuando acomodó la pelota en el punto de penal.

Todo quedó suspendido en el tiempo en la Bombonera. Más exacto: en las tribunas. Porque en el césped 22 jugadores corrían de un lado a otro, pero eso no tenía importancia. Lo trascendental sucedía en los televisores de los palcos y en las radios portátiles. Incluso los suplentes y algunos integrantes del cuerpo técnico de Boca se dieron vuelta para espiar una pantalla que había detrás del banco de suplentes. Todos le prendieron una vela a Franco Armani, ese arquero vital en la final de la Copa Libertadores de América 2018. Lo que son las vueltas de la vida.

Galván frente a Armani y dos canchas en pausa. Millones mirando en distintos televisores del mundo. El producto siendo producto y emocionando a propios y extraños. Pateó mal el defensor, Armani adivinó el palo, ahogó un festejo y provocó otro impensado. Se sumergió en el desconsuelo el Cilindro y explotó la Bombonera. Y tal vez Armani haya sacado boleto definitivo a Qatar.

La secuencia del penal fue la última de las vueltas de las monedas. Independiente se quedó sin fuerzas para buscar una victoria que mereció y Boca se concentró en lo que hacía River. Buscó Racing en los instantes finales con amor propio y sin ideas. En una contra, ya en tiempo de adición, Miguel Borja abrió el pie zurdo y definió con clase para poner el 2-1 de River. La moneda ya estaba en el piso con su cara expuesta. Todos en la Bombonera gritaron el gol del colombiano y todos también se animaron a escupir la palabra campeón.

Fue una jornada de locos y de honor la que se vivió en Avellaneda y en la Boca; fue la tarde en los que los hinchas de Boca fueron un poquito de River y los de Racing de Independiente. Por eso quedará en la historia.

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