en qué quedó la promesa de las células madre


Son dos las opciones de preservación (de células madre) que es necesario considerar. Estas alternativas darán a tus hijos y a ti acceso a las diversas terapias que están disponibles hoy en día y a las que lo estarán en el futuro”. No es que Wikipedia sea una fuente intachable de información, pero uno no esperaría encontrar un párrafo así de propagandístico insertado en el medio del artículo sobre células madre.

Quizás sea un resabio del boom comercial que hace casi dos décadas generó la aparición de bancos privados para guardar sangre de cordón umbilical, fuente rica en esas potentes células.

Arrancaban los 2000. El millonario negocio de esas entidades se montaba en la proyección de que en pocos años se redoblaría el alcance de un tipo de terapia que ya se usaba desde los ’50 para tratar leucemias. Sin que se supiera mucho de las células madre en sí, se las trasplantaba a la médula espinal y en muchos casos desplegaban un gran poder curativo.

Tirando de ese hilo, la apuesta en el siglo XXI fue por la llamada “medicina regenerativa”, la posibilidad de curar enfermedades, no con fármacos sino con nuestro propio material biológico. Las células madre eran las estrellas de esa impronta.

Tras casi 20 años, la expresión “células madre” se sigue escuchando (mesiánica) en los contextos más disímiles: desde la propaganda de bancos de células de cordón umbilical en los consultorios de los obstetras hasta en propuestas de dudosa reputación, como inyecciones con efecto antiarrugas, para curar artrosis de rodilla, ceguera, diabetes, autismo o, incluso, en la publicidad de cremas faciales y shampoo.

Sin embargo, algo nuevo y futurista está surgiendo. Involucra a las células madre y emerge despacio, como un potente brote verde, en varios laboratorios científicos. Contarlo es el horizonte de estas líneas.

El ABC de las células madre

Las células madre son “hojas en blanco”. Están en el estadío previo a la diferenciación celular, lo que implica que no tienen una función asignada y, a la vez, podrían cumplirlas todas.  

Están distribuidas en distintas partes del cuerpo. Las hay de tres tipos: las células madre “embrionarias” (que por razones de bioética casi no se usan en investigación), las ya mencionadas de médula ósea y las de sangre de cordón umbilical.

En realidad, hay un cuarto tipo: las “células madre reprogramadas”. Retenga este dato.

origen-celulas-madre

Por su enorme potencial, hace unos 30 años que los científicos intentan gobernar y direccionar las células madre para, a gusto del investigador, convertirlas en células de la piel, en neuronas, en células óseas… A la larga es una apuesta a la medicina regenerativa.

Solo imaginarlo, estremece. Sanar tejidos dañados u órganos disfuncionales usando el potencial de nuestro propio cuerpo.

Sin embargo, era esperable que en el medio de todo esto surgieran iniciativas comerciales -adelantadas respecto de los tiempos lógicos de la ciencia- basadas en promesas de cura con estas unidades biológicas.

Es el caso de los bancos de sangre de cordón umbilical, un negocio, para muchos, polémico. Y también el de las clínicas y médicos que atraen con sus tratamientos «de vanguardia» no autorizados.

El negocio

Lo que sigue es un paneo por el mundillo comercial de las células madre. Contarlo es clave para dimensionar el “brote verde futurista» que vendrá después.

Por cierto, ya es hora de abreviar “células madre” por CM.

Hace años, los impulsores de los bancos de CM de cordón umbilical aseguran que guardarlas es un seguro de vida. Que la ciencia está «en vías de» encontrar tratamientos para que el donante-dueño de las células disponga de un escudo para combatir sus enfermedades futuras. Y no solo el donante; también sus parientes, por la compatibilidad genética intrafamiliar.

Si bien no hay datos oficiales, una fuente ligada a una de estas entidades -que pidió resguardar su anonimato- estimó que en Argentina hay entre 80.000 y 100.000 cordones congelados.

Células madre de cordón congeladas en uno de los bancos que existen en elpaís. Foto Archivo

Células madre de cordón congeladas en uno de los bancos que existen en elpaís. Foto Archivo

La cuenta no incluye las unidades albergadas en el único banco público de cordones del país, el del Hospital Garrahan, donde la guarda proviene de donaciones altruistas y anónimas, salvo en casos muy puntuales de familias con ciertas patologías hereditarias que solicitan resguardar, para sí, el material.

En los primeros años 2000, la guarda en bancos privados rondaba los 1.000 dólares, más un mantenimiento de 100 dólares por año. La ecuación varió y hoy se entra con 300 y se mantiene por 200.

Una estimación de la actividad que los bancos realizan hace 16 años en el país sugiere un movimiento para el sector de al menos 1,5 millones de dólares por año.

En actividad 

Hay quienes creen que el tema de los bancos “ya fue”, que el boom llegó hasta 2010 y ahora es un negocio desinflado.

Pero la propaganda está fresca en los sitios oficiales de estas compañías, activa en las redes sociales, vigente en el propio artículo de Wikipedia citado al comienzo de esta nota y literalmente “a mano” en atractivos trípticos acomodados en las mesitas ratonas de los consultorios obstétricos, con esa tradicional gráfica rosa-celeste, fotos de bebés hermosos y leyendas del tipo “pensando en tu futuro”.

Según la institución, el discurso se acerca o directamente traspasa los límites de la publicidad engañosa.

La promesa de tratamientos futuros para unas 100 patologías era y sigue siendo ambiciosa. Desde cardiomiopatías, cirrosis, fallas hepáticas, enfermedades autoinmunes, diabetes, artritis reumatoidea y lupus, hasta esclerosis múltiple, lesiones medulares, Parkinson, Alzheimer, ceguera, trastornos del espectro autista, ACV, lesiones de la médula espinal o distrofia muscular, por mencionar algunas.

Los dueños

Si se le pregunta -como hizo Clarín– a Diego Fernández Sasso por estas cuestiones, no titubea. Es médico pediatra, fundador de Criocenter y presidente de ABC Cordón, entidad que nuclea a siete de los ochos bancos de CM de cordón que hay en Argentina: «Si no se guardan, se desechan. Congelar células madre es una inversión a largo plazo».

«Claro que no le recomendaría a nadie guardar CM de cordón pensando que alguna vez podría necesitar un trasplante de médula. Las chances son muy bajas. Guardarlas tiene sentido pensando a largo plazo. Es una inversión y, como tal, tiene un costo. La medicina tiene que pensar a futuro”, afirmó, en relación a los únicos tratamientos hoy autorizados con CM: los trasplantes para tratar leucemias y otras enfermedades de la sangre.

Los tanques en los que se guardan congeladas las células madre de cordón umbilical. Foto Archivo

Los tanques en los que se guardan congeladas las células madre de cordón umbilical. Foto Archivo

Megan Munsie es subdirectora del Centro de Sistemas de Células Madre de la Universidad de Melbourne, en Australia, y miembro de una de las instituciones internacionales más respetadas en materia de investigación, dilemas bioéticos y regulación con CM. Se llama ISSCR, sigla de International Society for Stem Cells Research. “Stem cells” significa “células madre” en inglés.

A Munsie no le convence el argumento de Fernández Sasso: “Genera preocupación que los bancos alienten a las personas a pagar para almacenar la sangre del cordón, a menudo comercializadas como una ‘póliza de seguro biológico’, cuando estas células aún no tienen las amplias propiedades regenerativas promovidas”.

Tratamientos ilegales

El Covid instruyó bastante acerca de conceptos como tratamientos “autorizados” vs. “fase experimental”. La participación en un estudio clínico requiere que el paciente dé su consentimiento, conozca los riesgos y no pague nada.

Sería un desafío para otras líneas profundizar en lo más turbio de un mundo que opera en forma clandestina. Basta decir que, en el mejor de los casos, las inyecciones con células madre que ofrecen personas inescrupulosas se hacen con solución fisiológica, felizmente inocua.

Munsie lo definió como “distintas empresas que dirigen sus servicios a personas que buscan esperanza. Personas que viven con condiciones crónicas, así como con lesiones recientes y niños con condiciones genéticas y de otros tipos que afectan su desarrollo”.

“No es mi área”, dijo Fernández Sasso en relación a estas propuestas, si bien destacó que cualquiera tiene derecho a participar de estudios en fase experimental, y aseguró que hay “resultados apasionantes” de estudios con células madre en niños con enfermedades neurológicas.

De un sondeo a australianos que habían pagado por tratamientos no aprobados (en su país o en el exterior) se dedujo que las propuestas oscilaban entre 7.000 y más de 70.000 dólares por tratamiento. “Se recomienda a las personas que asistan a la clínica varias veces, sin contar los viáticos y el alojamiento”, detalló Munsie.

En otro estudio “se analizaron más de 140 campañas de recaudación de fondos online: la mayoría de las personas buscaba 20.000 dólares para apoyar el acceso a tratamientos con células madre”.

“Si bien a veces aclaran que están haciendo investigación, suelen operar fuera de los hospitales, no realizan ensayos clínicos ni respaldan investigaciones en marcha. Tienen poca justificación creíble para los tratamientos que venden, y no comparten sus datos ni publican resultados”, enfatizó.

Balance

Para llegar al “brote verde” tan prometido, viene bien el equilibrio de la investigadora del Conicet Alejandra Guberman, directora del Laboratorio de Regulación de Expresión Génica en Células Madre del Instituto de Química Biológica (Facultad de Ciencias Exactas-UBA): “No creo que los bancos sean una estafa porque, de hecho, guardan las células y eso tiene un costo. Uno tiene derecho a guardarlas. Quizás en el futuro sirvan”.

“El tema está en que la persona sea adecuadamente informada. Que sepa para qué sirven hoy, qué tratamientos aprobados hay y que si participara de alguno en fase experimental tendrían que ofrecérselo gratis», dijo.

Y, lo más importante, agregó, «que le expliquen que, aun si en el futuro se aprobaran tratamientos efectivos, la cantidad de células madre que salen de un cordón umbilical podrían ser insuficientes para un adulto”.

Brotes verdes

Las protagonistas desde ahora son las células madre reprogramadas o IPS, la sigla de Induced Pluripotent Stem Cells, el cuarto tipo de células madre, mencionado una infinidad de líneas arriba.

Las IPS no se sacan del cuerpo sino que son fabricadas en el laboratorio, a partir de células comunes. El responsable de que semejante metamorfosis sea posible es el japonés Shinya Yamanaka, Premio Nobel de Medicina 2012.

Su hallazgo, para muchos, terminará por aplastar el negocio de los bancos privados de células de cordón. ¿Qué sentido tendría pagar por guardarlas si las pueden fabricar en el laboratorio?

Una investigadora del equipo de FLENI en Escobar trabaja con células madre reprogramadas. Foto Guillermo Rodríguez Adami

Una investigadora del equipo de FLENI en Escobar trabaja con células madre reprogramadas. Foto Guillermo Rodríguez Adami

Como sea, con las IPS se están haciendo cosas fascinantes, incluso futuristas, a un nivel que para muchos resultará inquietante.

Hay que zambullirse en este ejemplo para entender todo el asunto. Supongamos que un grupo de investigadores quiere estudiar cierta enfermedad neurológica hereditaria. El objetivo es entenderla y mejorar la vida de quienes la padecen.

Se les pide a los pacientes una muestra de sangre. En un abracadabra difícil de imaginar, los investigadores aíslan células de esa sangre y (gracias a Yamanaka) les ponen cuatro genes que las “reprogramarán”, como si les hubieran formateado el disco rígido.

El resultado luego de algunas semanas será la obtención de células madre pluripotentes, o IPS, con un poder muy parecido al de las células madre embrionarias. Esas que no se usaban por razones éticas. Y, sí, las responsables de la mismísima vida.

Información genética

Entonces, de células de la sangre se obtuvieron células madre reprogramadas. Dado que la idea era estudiar una enfermedad neurológica hereditaria, los investigadores necesitan, ahora, convertirlas en células del cerebro. Es decir, neuronas.

Para eso (como si estuvieran haciendo yogur) colocan las IPS en un medio de cultivo adecuado, cosa de “conducirlas” a la metamorfosis deseada.

Mediante reprogramación celular, los investigadores transformaron células de la piel (izq.) en IPS (centro), y más tarde las transformaron en neuronas (der.).

Mediante reprogramación celular, los investigadores transformaron células de la piel (izq.) en IPS (centro), y más tarde las transformaron en neuronas (der.).

Las IPS arrancan, ahí, un proceso de adaptación, pero no es un mero acto de supervivencia sino una real transformación. O como le gusta decir a los expertos, de “diferenciación”. Apagar unos interruptores y encender otros. Las células desarrollarán una identidad; madurarán en pos de adoptar una función.

Lo increíble de todo es que, a pesar de la traumática seguidilla transformista, las células conservaran plenamente la información genética del paciente. Ese material tan irremediable como esencial, que hace que uno sea uno, con sus virtudes y defectos.

Así que, como el paciente tenía una enfermedad neurológica impresa en sus genes, las IPS convertidas en neuronas, tarde o temprano manifestarán la patología que (genéticamente) portaban.

Y todo ocurrirá delante de los ojos del investigador, que ahora tendrá, bajo el microscopio, un modelo perfecto del surgimiento y desarrollo de la enfermedad que quería estudiar.

Células para investigación desde células madres creadas a partir de la piel

Modelización de enfermedades

Toma la palabra Gustavo Sevlever, médico patólogo, director del Departamento de Docencia e Investigación de FLENI-Instituto de Investigaciones Neurológicas, quien lidera (en colaboración con el Conicet) distintas investigaciones de este tipo.

Dos, de hecho, quedaron plasmadas en papers recientes. Para los fanáticos, basta googlear las primeras palabras de cada trabajo: “A novel mutation in PSEN1 (p.T119I)…» (Neurobiology of Aging, 2019) y “Generation of a human induced pluripotent stem cell…” (Stem Cell Research, 2020).

Gustavo Sevlever y su equipo de trabajo en el laboratorio del centro FLENI en Escobar. Foto Guillermo Rodríguez Adami

Gustavo Sevlever y su equipo de trabajo en el laboratorio del centro FLENI en Escobar. Foto Guillermo Rodríguez Adami

“Tenemos una línea neuro y una línea cardio. En este caso en particular (N. de la R.: porque también estudian algunos tipos raros de distrofia muscular) nos enfocamos en un tipo de Alzheimer hereditario que afecta al 5% de los casos. Nos interesaba porque está reportado que las personas con la mutación tienen un 100% de chances de manifestar este Alzheimer, y de manera muy estereotipada”, arrancó Sevlever.

Detalló con simpleza un proceso que sin dudas revierte una complejidad espectacular: “Les sacamos sangre, reprogramamos las células y fabricamos neuronas. Las analizamos y, en efecto, son neuronas del paciente, solo que obtenidas in vitro”.

El hallazgo fue “una mutación en la proteína alterada por esta enfermedad, que hasta entonces no había sido descripta”.

Si bien Sevlever explicó que “aún no se sabe si las alteraciones en esa proteína son la causa o solo un semáforo de este tipo de Alzheimer», destacó que «tener un modelo in vitro de la enfermedad permite empezar a probar cosas. Por ejemplo, recursos terapéuticos mucho antes de usarlos en humanos”.

Epilepsia benigna

Hace unos días Clarín daba la noticia de un hallazgo de otro equipo de investigación local, encabezado por Fernando Pitossi, biólogo, investigador superior del Conicet y jefe del Laboratorio de Terapias Regenerativas y Protectoras del Sistema Nervioso del Instituto Leloir. El estudio, (que como el de FLENI, tiene un solvente equipo de investigadores detrás) se hizo en colaboración con Marcelo Kauffman, científico del Hospital Ramos Mejía y de la Universidad Austral.

Fernando Pitossi, en su laboratorio del Instituto Leloir. Foto Guillermo Rodríguez Adami

Fernando Pitossi, en su laboratorio del Instituto Leloir. Foto Guillermo Rodríguez Adami

El extenso título del paper, recién “salido del horno” en la revista Stem Cell Research and Therapy, comienza así: “A familiar study on self-limited childhood epilepsy patients…».

A partir de células madre reprogramadas, estudiaron una enfermedad genética llamada epilepsia benigna. La tienen 20 chicos por cada 100.000. Para dimensionar el alcance de esta patología, el síndrome de Down afecta a 100 por cada 100.000. Le dicen “benigna” porque en la mitad de los casos se cura sola hacia los 20 años del paciente.

Los investigadores presumían que la enfermedad estaba asociada a una inmadurez neuronal, a juzgar por las imágenes de los cerebros. Con este trabajo lo pudieron confirmar.

Neuronas de la piel

Solo escribirlo parece un delirio: el equipo de Pitossi convirtió células de la piel en neuronas. “Hasta que pudimos afinar la técnica de reprogramación celular, nos llevó unos diez años”, suspiró aliviado, en diálogo con Clarín.

Fernando Pitossi

“Decimos que es un estudio ‘familiar’ porque seguimos a siete hermanos. Cuatro padecían la enfermedad y el resto funcionó como grupo control. A todos les tomamos biopsias de la piel de tres milímetros”, informó.

Entregado con pasión a la causa, Pitossi se arremangó el guardapolvo para desnudar una pequeña cicatriz en el antebrazo: “Como esta”.

¿Por qué no ahorrarse tanto lío y biopsiar neuronas directamente? Sevlever y su colega lo explicaron:

  1.  Es más invasivo para el paciente.
  2. Al estar maduras, las células ya «diferenciadas» del cuerpo son difíciles de conservar. No duran mucho porque no se siguen dividiendo tanto. Las reprogramadas se pueden seguir usando para investigación por años.

¿Cuánto lleva convertir células de la piel en IPS y, luego, “convencerlas” de que sean neuronas (usando una expresión simpática de Pitossi)?

“La reprogramación hacia células madre, en sí, tardó un mes, pero después llevó nueve meses de controles. Eso hubo que repetirlo varias veces hasta estar seguros de tener células adecuadamente reprogramadas”, relató.

Y, como al pasar, lanzó una novedad para seguir de cerca en 2022: “Estamos viendo de armar un banco público de células reprogramadas, representativo del espectro poblacional argentino. Que tenga células compatibles para la mayoría de la población. Es posible hacerlo”. 

Organoides

En las recorridas por estos laboratorios surgieron momentos dignos de mención. Por ejemplo, uno que Sevlever compartió con un fervor realmente contagioso: “Para otro estudio, cuando convertimos las IPS en miocardiocitos, es decir, en células del corazón, vimos de repente cómo las células se empezaban a juntar. Y en un momento ¡empiezan a generar actividad cardíaca, ahí, en el microscopio!”

Gustavo Sevlever

“Se juntan y dicen ‘somos miocardiocitos‘ y empiezan a latir en grupo. Eso sí, no se puede decir que sea un corazón. No califica como organoide”, aclaró Pitossi.

Pero el (un poco espeluznante) asunto de los “organoides” está en el tapete. Estas técnicas permiten crear tejidos que tiendan -en tamaño mini- a la forma de distintos órganos del cuerpo. Las células saben muy bien a qué están destinadas; qué deben “edificar”.

¿Estremece?

“Hay trabajos que reprograman IPS a células betapancreáticas para tratar diabetes. De hecho, se está haciendo un ensayo clínico en Harvard. La idea no es hacer un páncreas extra, pero sí una ‘bolsita’ que podría ser colocada debajo de la piel y ser conectada a la sangre para que libere insulina”, contó Pitossi.

Y, con naturalidad, agregó: “Hoy por hoy se pueden generar organoides de estómago, próstata, pulmón, lengua, glándula mamaria, hígado, páncreas, intestino… todos con células reprogramadas”.

El científico Fernando Pitossi trabajando en el microscopio. Foto Guillermo Rodríguez Adami

El científico Fernando Pitossi trabajando en el microscopio. Foto Guillermo Rodríguez Adami

Ante la pregunta inevitable, el biólogo enfatizó: «¿Un humanoide? No creo ni que se pueda hacer. Son cosas muy chiquitas».

Pero, ¿se está alterando la idea que tenemos de la vida? Pitossi, a su modo, matizó: «Esto nos dice que hay una inteligencia superior que pone ‘programas’ en ejecución. Nadie entiende bien cómo. Las células se juntan, hacen un órgano y vos sos un espectador. Es la naturaleza, la biología… llamalo como quieras».

Ahora bien, agregó, «no es vida, pero tampoco es ‘no-vida‘. Las células están vivas. Sin embargo, está lejos del estatus de persona».

Animales en la mira

Sevlever hizo foco en otro alcance central de la modelización de enfermedades con células reprogramadas: “En los estudios con animales hay que tener el mayor cuidado para no hacer una cosa cruel. Y, precisamente, la modelización de enfermedades te permite reducir mucho los estudios preclínicos. No van a desaparecer, pero sí se pueden reducir”.

“Veremos si el día de mañana todo esto nos sirve para probar y generar drogas efectivas contra distintas enfermedades. Hoy por hoy, se estudian patologías genéticas con las IPS, pero también se están empezando a probar otras cosas, como la toxicidad de los medicamentos”, apuntó.

Guardapolvos. El laboratorio del Leloir, donde se generó una de las investigaciones argentinas sobre células madres publicadas en una revistas científicas. Foto Guillermo Rodríguez Adami

Guardapolvos. El laboratorio del Leloir, donde se generó una de las investigaciones argentinas sobre células madres publicadas en una revistas científicas. Foto Guillermo Rodríguez Adami

Ocurre que “la mitad de los fármacos que la FDA saca del mercado se anulan por toxicidad. Si una droga ya muestra toxicidad in vitro, es muy probable que a escala humana lo sea también. No al revés”.

¿Cuánto falta para que que un tejido dañado pueda ser reemplazado por otro producido en el laboratorio con IPS?

Pitossi, cauteloso pero optimista, concluyó: “El pasaje de lo que es una buena idea de laboratorio a la clínica es muy largo. La medicina regenerativa es nueva. Ahora bien, en 2007 se describieron las células madre reprogramadas. En 2012 le dieron el Premio Nobel a Yamanaka. En 2022 hay unos ocho ensayos clínicos con estas técnicas. Yo hubiera dicho que faltaban 50 años, pero hoy digo preparémonos. Está llegando”.

AS

Reconocimiento

Este trabajo fue posible gracias a una beca para la producción de trabajos periodísticos en temas de ciencia, concedida por la Fundación Gabo y el Instituto Serrapilheira, con el apoyo de la Oficina Regional de Ciencias de la UNESCO para América Latina y el Caribe.