La crisis sanitaria, antes y después de la pandemia



Decir que crisis implica oportunidad ya es un lugar común, lo cual no lo hace menos cierto, pero sí impreciso. Así, podríamos afirmar sin miedo a equivocarnos que Argentina es un país de grandes oportunidades. Se requiere, pues, de un detonante para pasar de un estado a otro, y que además le brinde un cauce de desarrollo. Se trata de la crítica. Y en particular entendida como autocrítica. Ni la queja extensiva ni la reflexividad individualista, sino el ejercicio colectivo de reconocer problemas y necesidades comunes irresueltos.

El historiador alemán Reinhart Koselleck señaló la imbricación de ambos conceptos como procesos histórico-sociales en su libro de 1959, «Crítica y crisis». La propia conjunción de ambos términos puede condensarse en la expresión de situación crítica, que asume un diagnóstico (crisis) como resultado de un examen (crítica).

La precisión conceptual amerita, ya que en Argentina no han faltado quienes se preguntan si padecemos una crisis de larga duración o una sostenida decadencia. La clave pasa por un pensamiento crítico que indague sobre el nudo que genera los atolladeros que reverberan en múltiples males, para entonces pasar a una propuesta político transformadora que signifique, recién entonces, la dichosa oportunidad.

Para graficarlo en lenguaje médico: pasar de los síntomas a la enfermedad, y de ahí a la cura. La inflación, el endeudamiento, el ajuste, la falta de inversión y la pobreza son todas expresiones de un sistema económico desequilibrado y de la ausencia de un sistema político que pueda conducirlo.

La crisis de representación política no se resuelve porque una coalición u otra alcancen una mayoría de votos. Sintonizar con descontentos, emociones o intereses materiales inmediatos no significa representar las necesidades del pueblo o de las mayorías.

De manera análoga, padecemos una crisis sanitaria desde hace décadas, porque los cuatro componentes proveedor, financiador, prestador y usuario no son conducidos por un ente coordinador, con una gestión responsable.

La pandemia en parte ha puesto esto al descubierto, pero se lo pretende ocultar de nuevo, aduciendo la dudosa ausencia del colapso.

Si no colapsó, entendido como el desborde desmedido en la atención de casos por Covid-19, podemos afirmar que la atención médica ha implosionado inadvertidamente. Basta reparar en la cantidad oficial de fallecidos por (o con) Covid-19 sumados a la incierta cantidad que padecieron y padecerán aún por la falta de atención por otras patologías.

Recordemos, de paso, que cuando el propio oficialismo (o una de sus fracciones) agitó tímidamente una propuesta de reforma sanitaria que apuntaba a la integración de sus tres subsistemas, el debate franco brilló por su ausencia ante el ataque corporativo, la falta de cohesión del propio gobierno, la ausencia de interés de la oposición, la indiferencia de las instituciones médicas y el desconocimiento de la población.

Desde luego que sería óptimo un gran acuerdo entre todos los sectores y actores, pero aun presuponiendo la dificultad de ese encuentro, la pregunta persiste: ¿un acuerdo acerca de qué? Todos reconocemos problemas puntuales, aunque amplios, como la inflación, la deuda, la pobreza; lo mismo que la fragmentación, la inequidad y la ineficiencia en el campo de la salud.

La cuestión pasa por efectuar la crítica y la autocrítica acerca del funcionamiento que produce esos problemas y no acerca del señalamiento de lo penoso de sus efectos. Comencemos a hacernos responsables de lo hecho y lo no hecho para crear así un nuevo horizonte de superación.

El autor de esta columna es doctor en Medicina por la Universidad Nacional de Buenos Aires.