La increíble vida de Guillermo Brown, el genial militar naval que era llamado en los tiempos difíciles


Guillermo Brown fue un marino de origen irlandés que puso su experiencia y su genio al servicio de nuestro país.
Guillermo Brown fue un marino de origen irlandés que puso su experiencia y su genio al servicio de nuestro país.

Podría decirse que su vida de aventuras comenzó cuando tenía 10 años. El niño Guillermo, nacido en el pueblo irlandés de Foxford el 22 de junio de 1777, había acompañado a su padre a Estados Unidos, en busca de nuevos horizontes. A la semana, estando en Filadelfia, su progenitor fue víctima de la epidemia de fiebre amarilla, y el joven Guillermo quedó huérfano en un país desconocido. Un capitán lo empleó como grumete, y así comenzó una vida de aventuras, que tendría al mar como protagonista.

Cuando Napoleón Bonaparte comenzó a dominar Europa, él estaba al frente de un buque mercante de bandera inglesa, y fue capturado por un navío francés. Como intentó escapar de la prisión de Metz, disfrazado con ropas de un oficial francés, en la loca carrera que emprendió por el campo, fue capturado exhausto por un molinero que sospechó que era un evadido. Entonces fue llevado a otra cárcel más segura, la fortaleza de Verdún. No bajó los brazos y se dedicó a hacer un agujero en el piso de su celda, debajo de su cama. Dio con la de un coronel llamado Clutchwell. Ambos idearon un plan de escape. Hicieron un boquete en el techo que disimularon con una bandera. Barrían los escombros con sus ropas y los disimulaban en los rincones. Con ropas que anudaron, lograron descolgarse del muro y alcanzaron la libertad. Llegaron a Alemania desde donde viajaron a Gran Bretaña.

Volvió a la marina mercante inglesa. En 1809, el año que se casó en Londres con Elizabeth Chitty, a la que le llevaba 10 años, los negocios lo trajeron al Río de la Plata en la fragata Belmond. Su hermano Juan había estado en esas tierras cuando integraba el ejército inglés invasor de 1806. Vivió en Montevideo, y se ganaba la vida con el comercio marítimo de cabotaje. Le había comprado a los herederos del poeta Lavardén un saladero en el que dedicó a producir tasajo al estilo irlandés.

Elizabeth Chitty era la esposa de Brown. Se casaron en Londres y tuvieron cuatro hijos.
Elizabeth Chitty era la esposa de Brown. Se casaron en Londres y tuvieron cuatro hijos.

Realizaba viajes a Gran Bretaña, donde nacieron Elisa, en 1810 y Guillermo, en 1812, sus dos primeros hijos. Se estableció en estas tierras, donde el negocio prosperó, adquirió algunos barcos y compró ocho hectáreas en la zona de lo que hoy es Parque Lezama. Sobre lo que es la avenida Martín García construyó su casa -Cannon House- en cuya entrada colocó dos cañones semienterrados para que las ruedas de las carretas no arruinasen el acceso. En la época de Juan Manuel de Rosas se la empezó a conocer como “casa amarilla”.

Su experiencia de marino llevó a las autoridades de Buenos Aires a proponerle la creación de una escuadra, “en prueba de su valor y habilidad”. No defraudaría. Al mando de la fragata Hércules y al frente de algunos navíos ocupó la isla Martín García, venció a la escuadra española, bloqueó Montevideo y logró su rendición. San Martín expresó que la victoria de Brown fue “lo más importante hecho por la revolución americana hasta el momento”.

Asimismo, obtuvo una patente de corso y encaró una empresa de la que no salió bien parado, supuestamente por no haber cumplido con las órdenes establecidas, por partir sin el correspondiente permiso del gobierno y haber desobedecido órdenes durante su campaña por el Pacífico, en la que perdió la fragata Hércules. Cuando regresó a Buenos Aires debió defenderse de las acusaciones y recordaba esos tiempos con amargura.

Oleo que representa el combate de Los Pozos, librado a escasas millas de dársena norte, frente a la ciudad de Buenos Aires. "Fuego rasante que el pueblo nos contempla", arengó el almirante.
Oleo que representa el combate de Los Pozos, librado a escasas millas de dársena norte, frente a la ciudad de Buenos Aires. «Fuego rasante que el pueblo nos contempla», arengó el almirante.

Volvió a sus actividades comerciales, cultivó la tierra que poseía donde vivía, mientras su hijo Guillermo era tropero. Cuando estalló la guerra contra el Brasil fue nuevamente convocado. Era el único marino en la ciudad con la experiencia suficiente para hacerse cargo de la escuadra. Las victorias que cosechó en combates desiguales contra el poderío naval enemigo -como Los Pozos, Juncal, Monte Santiago o combate de los Quilmes- lo convirtieron en un verdadero ídolo popular. En Los Pozos, la batalla pudo ser observada desde los techos y terrazas de Buenos Aires. “Fuego rasante que el pueblo nos contempla”, arengó a sus hombres.

Frente de la casa de Brown, en la actual avenida Martín García. El loteo de la zona condenó a la piqueta dicha construcción.
Frente de la casa de Brown, en la actual avenida Martín García. El loteo de la zona condenó a la piqueta dicha construcción.

Su hija Elisa, que noviaba con el escocés Francis Drummond, uno de sus oficiales, murió ahogada en el Riachuelo el año en que su novio pereciera en el combate de Monte Santiago, desarrollado entre el 7 y el 8 de abril de 1827. A la chica la encontraron ahogada y la leyenda que corrió fue que tenía puesto su vestido de novia.

Cuando Juan Lavalle derrocó y fusiló a Manuel Dorrego en diciembre de 1828, quedó a cargo interino de la gobernación, de la que fue relevado en mayo del año siguiente. Regresó a sus negocios. Viajaba permanentemente a Montevideo y a Colonia, donde tenía una casa que el gobierno de ese país le había obsequiado. Para entonces, habían llegado otros dos hijos, Martina y Eduardo.

Volvería a ser convocado por el gobierno, esta vez por Juan Manuel de Rosas, quien solía referirse a él como “el viejo Bruno”. Fue en 1841 y a sus 64 años, como comandante en jefe de la flotilla de la república, debió enfrentar a las fuerzas de Fructuoso Rivera con una escuadra. Le tocó pelear y derrotar al italiano José Garibaldi. Cuando una poderosa flota anglofrancesa bloqueó el Río de la Plata, no le quedó más remedio que entregar la escuadra a su mando.

Nunca más pelearía.

La nostalgia lo había hecho emprender en 1847 un viaje a Foxford, su pueblo natal, al que nunca había regresado. Volvió al país dos años después.

En sus últimos años se había concentrado en la redacción de sus memorias. “Quiero acabar este trabajo antes de emprender el gran viaje hacia los sombríos mares de la muerte”, escribió a Bartolomé Mitre. Solía vérselo en la puerta de su casa, vestido de negro, pelo totalmente blanco, casi inmóvil. Mucha gente joven no sabía quién era e ignoraba lo que había hecho. Cuando en 1854 repatriaron los restos de Carlos María de Alvear, fallecido en Estados Unidos, se ofreció embarcarse en el Río Bamba, para traerlos a Buenos Aires desde Montevideo. Había peleado junto al oficial muerto en el sitio de Montevideo y en la guerra contra el Brasil.

A fin de enero de 1857 se sintió morir, a tal punto que hizo llamar a su amigo, el compatriota padre Antonio Fahy, para que le suministrase la extrema unción. Falleció en los primeros minutos del 3 de marzo. Lo acompañaba su compañero José Murature, a quien le dijo: “Comprendo que pronto cambiaremos de fondeadero, ya tengo práctico a bordo”. A la noche de ese día su cuerpo, vestido con ropas blancas y con un sudario de seda fue depositado en un féretro de pino forrado, que a su vez fue colocado en uno de plomo y finalmente en uno de caoba, con herrajes de bronce. Tenía la leyenda: “Cenizas del Brigadier General Argentino don Guillermo Brown. Fallecido el 3 de marzo de 1857″. A la tarde del día siguiente fue inhumado en el sepulcro de José María Paz.

El almirante Guillermo Brown, ya anciano, en un daguerrotipo.
El almirante Guillermo Brown, ya anciano, en un daguerrotipo.

No importaron las honras fúnebres que el gobierno había dispuesto en reconocimiento a los valiosos servicios prestados. Su viuda debió ceder al Estado unas seis leguas de su propiedad para cancelar deudas y además debió malvender algunas de las pertenencias de su marido.

Al padre Fahy le había confiado muchos de sus documentos para que escribiese su biografía. Pero ese valioso material desapareció para siempre cuando el sacerdote falleció víctima de la epidemia de fiebre amarilla. Sus pertenencias fueron quemadas y con ellas, esos papeles, que tal vez hablaban de Foxford, donde un busto suyo recuerda que allí nació un marino que fue leyenda en una lejana tierra llamada Buenos Aires.

SEGUIR LEYENDO:

Pocos barcos contra la poderosa flota brasileña, pero mucho coraje: la victoria del Almirante Brown con 12 mil porteños como espectadores
La vida de película del cura irlandés que murió durante la epidemia de fiebre amarilla en Buenos Aires