Luis Alberto Spinetta, el Flaco de la buena memoria


Felipe Pigna revela un cálido encuentro con el autor de Muchacha (ojos de papel).

Luis Alberto Spinetta, Luisito “el Flaco”, es una de las personas más respetadas y queridas de nuestro país. Nació en 1950 y vivió muchos años en la casa familiar de la calle Arribeños 2853, cerca del barrio River y de la cancha del club de sus amores.

Su papá, Luis Santiago, era cantante de tangos y Luisito empezó a enamorarse de la música escuchando a su padre y desde chiquito, cantando algunos tanguitos. La casa se llenaba de música también gracias a unos tíos que trabajaban en la discográfica CBS Columbia.

Mientras cursaba la primaria sonaba el rock por todos lados de la mano de Elvis y Bill Halley. También eran los años del boom del folklore entre nosotros.

Luis Alberto Spinetta en sus años de juventud. / Archivo Clarín


Luis Alberto Spinetta en sus años de juventud. / Archivo Clarín

Según él mismo recordaba, debutó en Tucumán durante un viaje familiar en el marco de un festival donde con total falta de inhibición cantó Pity Pity de Billy Cafaro.

Pero el antes y después fue su presentación en el programa Escala Musical que emitía Canal 13, donde cantó Sabor a nada de Palito Ortega. Con lo que ganó en ese concurso pudo comprarse su primer disco, Beatles for sale, que le cambiaría la vida.

Su primera composición musical es folklórica, la bella Barro tal vez, que muchos años después interpretaría magistralmente junto a Mercedes Sosa en el inolvidable disco de despedida de la Negra, Cantora. Tenía quince años cuando compuso Plegaria para un niño dormido.

Se fue vinculando con amigos que ya tenías sus grupos como los Larkins y los Sbirros hasta formar Almendra con Edelmiro Molinari, Rodolfo García y Emilio del Guercio.

El Flaco Spinetta en la época de Almendra. / Archivo Clarín


El Flaco Spinetta en la época de Almendra. / Archivo Clarín

En enero de 1970 sale el primer LP con aquella emblemática tapa y temas que son parte de la historia grande del rock nacional, como Ana no duerme y Muchacha (ojos de papel). Tras un viaje a una Europa todavía convulsionada por los ecos del 68, regresa con mucho arte visto, mucho cine, mucho happening y mucho rock.

Vendrá entonces Pescado Rabioso y luego, el primer disco conceptual de nuestra música, Artaud, del 73.

El Flaco había tenido algún contacto con la izquierda peronista, le había dedicado una canción al Che, y claramente se iba ubicando de un lado de la historia. No creyó necesario un compromiso político partidario y seguramente sintió, y no se equivocó, que podía hacer mucho desde su poesía y su música para mejorar y cambiar un mundo que no le gustaba.

Su primera composición musical es folklórica, la bella Barro tal vez, que muchos años después interpretaría magistralmente junto a Mercedes Sosa en el inolvidable disco de despedida de la Negra, Cantora.

Felipe Pigna, historiador

A través de su obra, el Flaco nos fue enseñando a mirar la vida desde otros ángulos, con arte, a que la poesía puede ser algo cotidiano, que cada uno puede interpretarla como quiera.

Hay en su obra lo mejor del folklore, de los poetas “malditos”, de sus admirados Beatles, de las rebeliones de los 60, de las nuevas formas del amor, ecos de una generación a la que la vida y la política atravesó dejando huellas.

El Flaco solidario, el de los recitales por la tragedia de la Escuela Ecos, en la Carpa Blanca, siempre presente contra el olvido, la impunidad y a favor de la vida y la buena memoria, invitando a la lucidez y la sensibilidad.

Se dio un gusto final con Las Bandas Eternas en el estadio de Vélez repleto, tocando con todos los que quiso, 31 músicos que tanto lo querían.

Luis Alberto Spinetta en la noche de Las Bandas Eternas en Vélez. / Archivo Clarín


Luis Alberto Spinetta en la noche de Las Bandas Eternas en Vélez. / Archivo Clarín

Encuentro cercano

Tuve la suerte de tratarlo. Iba a hacerle una entrevista para un canal. Fui con el equipo y mis dos hijos, fanáticos absolutos del Flaco. Me dijo “loco, ¿y si en vez de hacer la entrevista los invito a tomar la leche a vos y a tus hijos?”. La invitación era tan cálida como imposible de rechazar. Fue un momento mágico.

Hablamos de todo y esas horas fueron suficientes para confirmar la clase de persona que era Luisito, un imprescindible, alguien del que siempre tendremos un buen recuerdo.

Ojalá pronto la calle Iberá, donde tenía su estudio y pasó sus últimos años, se llame Luis Alberto Spinetta.

E.M.

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