Madre Teresa de Calcuta: su vida y sus pensamientos a 25 años de su partida


Agnes Gonxha Bojaxhiu, conocida ante el mundo como la Madre Teresa de Calcuta, nació un 26 de agosto de 1910 en lo que era parte del Imperio Otomano. Un día como hoy pero de 1997 perdió su vida con 87 años en la ciudad que sería luego una parte de su nombre, Calcuta. 

Fue la hija menor de un matrimonio acomodado cuyo padre estuvo vinculado a la política. En su infancia y con apenas ocho años Agnes perdió a este ser fundamental de su vida quien fue envenenado. Quedó así su madre al frente de la educación y de la vida de sus hijos y se volcó de lleno a la religión católica. 

Madre Teresa de Calcuta
La misionera que nunca dejó de sonreír. 

A sus 12 años ingresó a la Congregación de las «Hijas de María» e inició con la asistencia de los necesitados. Ya a los 18 viajó a Dublín para ser parte de la Congregación de “Nuestra Señora de Loreto”. Su sueño era ser misionera en la India y por esta razón viajó a Bengala y luego a Calcuta donde la conocían como «Teresa». 

Juan Pablo II y la Madre Teresa de Calcuta, dos santos unidos por una historia conmovedora

Durante sus estudios de enfermería, que ella cursó con las “Hermanas Misioneras Médicas de Patna”, abrió el primer centro para niños. Fundó a las «Misioneras de la Caridad» y su organización creció tanto que llegó a diferentes países. En 1979 recibió el Nobel de la Paz. 

Su salud comenzó a empeorar desde la década de los ´80 en adelante. Le colocaron un marcapasos, contrajo malaria en Nueva Delhi y tuvo que resistir a las complicaciones cardíacas y pulmonares que se le fueron presentando. A los 87 años fue ingresada a la terapia intensiva en Calcuta donde perdió la vida. 

En octubre de 2003 fue beatificada en una multitudinaria misa que llevó adelante Juan Pablo II. Su gran obra y sus pensamientos y reflexiones consituyeron parte de su legado. 

Sobre el amor:

«El amor, para que sea auténtico, debe costarnos».

«Ama hasta que te duela. Si te duele es buena señal».

«Para hacer que una lámpara esté siempre encendida, no debemos de dejar de ponerle aceite».

«Hay una cosa muy bonita: compartir la alegría de amar. Amarnos los unos a los otros. Amar hasta el dolor». 

Sobre el trato a los demás:

«Preferiría cometer errores con gentileza y compasión antes que obrar milagros con descortesía y dureza».

Juan Pablo II junto a la Madre Teresa de Calcuta
Su encuentro con Juan Pablo II.

«Darle a alguien todo tu amor nunca es seguro de que te amarán de regreso, pero no esperes que te amen de regreso; solo espera que el amor crezca en el corazón de la otra persona, pero si no crece, sé feliz porque creció en el tuyo. Hay cosas que te encantaría oír, que nunca escucharás de la persona que te gustaría que te las dijera, pero no seas tan sordo para no oírlas de aquel que las dice desde su corazón».

La importancia del silencio:

«Resulta muy difícil predicar cuando no se sabe cómo hacerlo, pero debemos animarnos a predicar. Para ello, el primer medio que debemos emplear es el silencio».

«El silencio de la boca nos enseñará muchísimas cosas: a hablar con Cristo; a estar alegres en los momentos de desolación; a descubrir muchas cosas prácticas para decir».

«Guardemos, entonces, el silencio de los ojos, el cual nos ayudará siempre a ver a Dios. Los ojos son como dos ventanas a través de las cuales Cristo y el mundo penetran en nuestro corazón».

El 3 de febrero de 1986 el Papa Juan Pablo II visitó a la Madre Teresa de Calcuta

«El silencio de la mente y del corazón: la Virgen María «conserva cuidadosamente todas las cosas en su corazón «. Este silencio la aproximó tanto al Señor que nunca tuvo que arrepentirse de nada».

«El silencio nos proporciona una visión nueva de todas las cosas».

«Las palabras que no procuran la luz de Cristo no hacen mas que aumentar en nosotros la confusión».

Sobre la oración:

«La oración ensancha el corazón, hasta hacerlo capaz de contener el don de Dios. Sin Él, no podemos nada».

«Orar a Cristo es amarlo y amarlo significa cumplir sus palabras. La oración significa para mí la posibilidad de unirme a Cristo las 24 horas del día para vivir con Él, en Él y para Él. Si oramos, creemos. Si creemos, amaremos. Si amamos, serviremos».

«Es imposible comprometerse en un apostolado directo, si no es desde una auténtica oración. Debemos tratar de ser uno con el Padre. Nuestra actividad no será verdaderamente apostólica si no le permitimos obrar en nosotros, a través de nosotros, gracias a su poder, a sus planes y a su amor».

«Para que la oración sea realmente fructuosa, ha de brotar del corazón y debe ser capaz de tocar el corazón de Dios».

Visita de Juan Pablo II a Teresa de Calcuta 20220202
Fue Juan Pablo II quien la beatificó en el 2003.

«Yo estoy perfectamente convencida de que cuantas veces decimos Padre nuestro, Dios mira sus manos, que nos han plasmado… «Te he esculpido en la palma de mi mano»… mira Sus manos y nos ve en ellas. ¡Qué maravillosos son la ternura y el amor de Dios omnipotente!».

«Orad sencillamente, como los niños, movidos por un fuerte deseo de amar mucho y de convertir en objeto de propio amor a aquellos que no son amados».

«Debemos ser conscientes de nuestra unión y de convertir con Cristo, así como El tenía clara conciencia de su unión con el Padre».

«La plegaria perfecta no consiste en una palabrería, sino en el fervor del deseo que eleva los corazones hasta Jesús».

«Nuestras acciones sólo pueden producir frutos, cuando son expresión verdadera de una plegaria sincera».

«Frecuentemente nuestra oración no produce efecto por no haber fijado nuestra mente y nuestro corazón en Jesús, por medio de quien únicamente nuestra oración puede ir directamente a Dios».

«Yo lo miro y El me mira» constituye la perfecta oración.  

«Nunca debiéramos ceder  a la costumbre de aplazar nuestra oración, sino hacerla con la comunidad».

«El fracaso o la perdida de la vocación proviene también de la desidia en la oración».

«La oración ensancha el corazón delicado hasta el punto de estar en condiciones de acoger el  don del propio Dios».

«Dios se compadece de la debilidad pero no quiere el desánimo».

«»En El vivimos, nos movemos y existimos»».

«No basta orar generosamente, hemos de orar con fervor y devoción».

«El conocimiento que comunicamos debe ser el de Jesús crucificado y, como dice san Agustín: «Antes de dejar de hablar a la boca, el apóstol ha de elevar su propia alma sedienta a Dios para luego poder entregar cuanto ha bebido, vertiendo en los demás aquello de lo cual estamos colmados», o  como nos enseña santo Tomás: «Aquellos que son llamados a la labor de una vida activa, cometen una grave equivocación si piensan que su compromiso les dispensa de la vida contemplativa. Tal obligación se añade a aquélla y no la hace menos indispensable»».

«La oración que brota de nuestra mente y de nuestro corazón y que recitamos sin necesidad de leer en ningún libro se llama oración mental».

«Sólo por medio de la oración mental y la lectura espiritual, podemos cultivar el don de la oración. La oración mental es una gran aliada de la pureza de alma».

«Los mejores medios para alcanzar un franco progreso espiritual son la oración y la lectura espiritual».

«Si a ustedes les resulta difícil orar, rueguen insistentemente: «¡Jesús ven a mi corazón, ora dentro de mí y conmigo, hazme aprender de Ti cómo orar»».

«La Misa es el alimento espiritual que me sustenta y sin el cual no podría vivir un solo día o una sola hora de mi vida».

«La cosa más importante no es lo que decimos nosotros, sino lo que Dios nos dice a nosotros. Jesús está siempre allí, esperándonos. En el silencio nosotros escuchamos su voz».

«Debemos amar la oración. La oración dilata el corazón hasta el punto de hacerlo capaz de contener el don que Dios nos hace de Sí mismo».

Sobre la alegría:

«El que tiene a Dios en su corazón, desborda de alegría. La tristeza, el abatimiento, conducen a la pereza, al desgano».

«Nuestra alegría es el mejor modo de predicar el cristianismo. Al ver la felicidad en nuestros ojos, tomarán conciencia de su condición de hijos de Dios. Pero para eso debemos estar convencidos de eso».

«Superemos siempre el desaliento… nada de esto tiene sentido si hemos comprendido la ternura del amor de Dios».

«La alegría del Señor es nuestra fuerza. Todos nosotros, si tenemos a Jesús dentro nuestro, debemos llevar la alegría como novedad al mundo».

«La alegría es oración, la señal de nuestra generosidad, de nuestro desprendimiento y de nuestra unión interior con Dios».

La grandeza reside en la humildad:

«La grandeza de María proviene justamente de su humildad. Y era humilde porque pertenecía a Dios por completo, estaba en disponibilidad para lo que Él quisiera pedirle».

«Ella, que estaba colmada de gracias, siguió siendo la esclava del Señor. Se mantuvo con firmeza junto a la cruz de su Hijo, y ni siquiera viéndolo morir dejó de confiar en Dios».

«Pidámosle a la Virgen que nos ayude a ser como ella, a realizar con humildad y sin vanagloria el trabajo que se nos ha asignado, y que llevemos a los demás a Jesús con el mismo espíritu con que ella lo llevó en su seno».

«Hay que cuidarse del orgullo, porque el orgullo envilece cualquier cosa».

«Dios no va a preguntarle a aquella hermana cuántos libros ha leído, cuántos milagros ha realizado; lo que le preguntará es si ha hecho de lo suyo lo mejor por amor del mismo Dios».

«»Hice lo mío de la mejor forma». Aunque aquello que he podido hacer, no sea más que un fracaso, eso deberá ser lo mejor que hemos podido y sabido hacer; debe tener nuestro máximo empeño».

«Ningún fracaso las desanimará, mientras tengan clara conciencia de haber hecho aquello que estaba a su alcance. Hablando humanamente, si una hermana tuviera un fracaso en su tarea, procuremos atribuirlo a cualquier factor de debilidad humana, que no fue inteligente, o no supo hacer mejor las cosas, etc. A pesar de todo, a los ojos de Dios no ha fallado si ha hecho todo lo que era capaz de hacer. Y ella debiera sentirse, pese a todo, colaboradora suya».

«Nunca debemos creernos indispensables Dios tiene sus caminos y sus maneras… El puede permitir que todo marche al revés aun en manos de la hermana más bien dotada. Dios no mira más que su amor. Bien ustedes pueden trabajar hasta el agotamiento, incluso matarse trabajando, pero si su trabajo no está tejido por el amor resulta inútil. ¡Dios no tiene ninguna necesidad de sus obras!

«Si todo lo he recibido, ¿qué mérito nos cabe? Si estamos bien convencidos de esto, nunca alzaremos altaneramente la cabeza».

Sobre el sufrimiento:

«Cuando recibimos aunque sólo sea una pequeña observación poco caritativa, o cuando nos sentimos víctimas de una falta de consideración, con qué facilidad nos olvidamos de que ¡éste es justamente el momento de compartir con Él la ofensa y el sufrimiento!

«Recuerden que la Pasión de Cristo desemboca siempre en la alegría de la Resurrección, para que cuando sientan en su corazón los sufrimientos de Cristo, tengan bien presente que luego llegará la resurrección».

«Nuestros sufrimientos son caricias bondadosas de Dios, llamándonos para que nos volvamos a Él, y para hacernos reconocer que no somos nosotros los que controlamos nuestras vidas, sino que es Dios quien tiene el control, y podemos confiar plenamente en Él».

La Virgen María:

«La grandeza de María reside en su humildad. Jesús, quien vivió en estrechísimo contacto con ella, parecía querer que nosotros aprendiéramos de Él y de ella una lección solamente: ser mansos y humildes de corazón».

«Supliquemos a María que haga nuestro corazón «manso  y humilde» como modeló el corazón de su Hijo. Pues por medio de ella y en ella fue como se forjó el corazón de Jesús».

« María está siempre atenta para traer al mundo la alegría, la paz y la reconciliación. Ella nos conduce hacia Dios, y con sus ruegos amorosos intercede por nosotros».

«Elevemos hacia ella nuestros corazones para que nos ayude a reconciliarnos, cada vez que nos alejemos del amor de Dios».

«Dirijamos a ella nuestros ojos para implorarle por la paz; a ella, que sólo tiene cabida en su corazón para la paz y el perdón».

Sobre la familia:

«Prometamos convertir nuestra comunidad en un nuevo Belén, en otro Nazaret. Amémonos mutuamente como amamos a Jesús. En el hogar de Nazaret se respiraba amor, unidad, oración, sacrificio y trabajo infatigable; pero, sobre todo, una profunda comprensión, mutua estima y permanente solicitud de todos por todos».

«En todo el mundo se comprueba una angustia terrible, un espantoso hambre de amor. Llevemos, por tanto, a nuestras familias la oración, llevémosla a nuestros niños, enseñémosles a rezar. Pues un niño que ora, es un niño feliz. Familia que reza es una familia unida».

«Hemos de procurar ser santos no porque queramos sentirnos santos, sino porque Cristo debe poder vivir plenamente Su vida en nosotros».

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