Rosas en el exilio inglés: comía lo que cosechaba, le daba miedo la soledad y recibía la ayuda de un viejo enemigo


La batalla de Caseros significó el fin del poder de Juan Manuel de Rosas. Para las tres de la tarde de ese 3 de febrero de 1852 todo había terminado para él
La batalla de Caseros significó el fin del poder de Juan Manuel de Rosas. Para las tres de la tarde de ese 3 de febrero de 1852 todo había terminado para él

Con 59 años a cuestas, Juan Manuel de Rosas, que había gobernado con mano de hierro la Confederación Argentina por casi 25 años, se había establecido en Southampton, en el sur de Inglaterra, luego de ser derrotado en la batalla de Caseros.

La noche del 3 de febrero de 1852, casi huyendo como un criminal, transitó las oscuras calles de Buenos Aires. Salió de la casa de Robert Gore, encargado de negocios británico, de la calle Bolívar, entre México y Venezuela. Vestía levita oscura, lo acompañaba su hija, a la que había mandado buscar a las apuradas, y era escoltado por media docena de marineros ingleses convenientemente armados. Estaba herido en su mano derecha, producto del combate que ese día se había librado que había sellado su suerte. En el muelle abordó la fragata británica Centaur, que permaneció anclada en el río durante seis días. En ese tiempo se le unió su hijo Juan Bautista con su familia. Luego el buque enfiló hacia Punta Indio donde el 9 los pasajeros abordaron el vapor Conflict. Al día siguiente partieron y así inició un exilio en Gran Bretaña que terminaría con su muerte.

Durante la travesía padre e hija tuvieron sus primeras aproximaciones al inglés, idioma que desconocían. Desembarcaron en Devonport el 23 de abril y le rindieron honores de jefe de estado, lo que motivó una interpelación en el parlamento al ministro de relaciones exteriores, ya que consideraban indebido ese reconocimiento.

Rosas había sido gobernador entre 1829 y 1832 y luego de 1835 a 1852.  Concentró la suma del poder público y fue derrotado por otro federal, tan ambicioso como él, Justo José de Urquiza
Rosas había sido gobernador entre 1829 y 1832 y luego de 1835 a 1852. Concentró la suma del poder público y fue derrotado por otro federal, tan ambicioso como él, Justo José de Urquiza

Alquiló una vivienda en el 23 de Carlton Crescent y desde octubre de 1862 también hizo lo propio con la Burgess Farm, una chacra de 140 acres en Swaythling, a 10 kilómetros de la ciudad, sobre el camino a Londres. En 1865 cuando sus fondos escasearon, debió dejar la casa de la ciudad y se fue a vivir al campo.

No soportó el casamiento de su hija con Máximo Terrero, celebrado el 23 de octubre de 1852, a tal punto que no asistió a la boda. No concibió la idea de que su hija lo abandonase. Quedaba completamente solo porque su hijo Juan Bautista había resuelto regresar a Buenos Aires, donde viviría cómodamente y nunca le acercaría ayuda.

Obsesionado por la falta de recursos, uno de los que lo asistía mandándole dinero era Justo José de Urquiza, el que lo había vencido. Y cuando éste fue asesinado el 1 de abril de 1870 su viuda, Dolores Costa, se ocupó de continuar con los envíos de fondos.

Fue Urquiza también quien ayudó a Rosas a vender sus propiedades. Batalló para lograr el levantamiento de confiscación que pesaba sobre ellos -”para resarcir al Estado de sus malversaciones”, decía el decreto condenatorio- pero cuando Urquiza fue derrotado en Pavón en 1861, perdió todas las esperanzas. La legislatura de Buenos Aires lo había declarado en 1857 “reo de lesa patria”, casi no tenía contacto con su familia que había quedado en Buenos Aires y hasta su hermano Prudencio, que vivió cómodamente en un palacio en Sevilla, codeándose con personajes de la realeza, no se habría preocupado por su suerte.

Burgess Farm, la vivienda que Rosas alquilaba, a unos 10 kilómetros de Southampton
Burgess Farm, la vivienda que Rosas alquilaba, a unos 10 kilómetros de Southampton

Solo lo visitaba su amigo Lord Palmerston, a quien nombró albacea en su testamento, el cardenal Wiseman, el reverendo Mount y su médico doctor John Wibblin, vecino y amigo.

Con el correr de los años sus vecinos dejaron de cruzarse con ese sudamericano que no podía con su genio y había inculcado en el pueblo la extraña costumbre de tomar mate, que hablaba mal el inglés aunque lo hacía de corrido y que recorría las calles montado a caballo con una prestancia inusual para los lugareños.

Era solitario y retraído y cuando trabajaba en el campo solía seguirlo un negrito que le cebaba unos amargos. Murmuraban que, por su aspecto, ese general argentino no tenía ni para ropa. Se alimentaba con lo que producía en la chacra y no aceptaba invitaciones porque sabía que no las podía corresponder. Aún anciano, y sufriendo de gota, trabajaba diariamente en el campo y tenía la rara modalidad de contratar a los peones por día.

Manuelita Rosas, la hija predilecta de Rosas. Ella lo acompañó al exilio. El no le perdonó que haya formado su propia familia
Manuelita Rosas, la hija predilecta de Rosas. Ella lo acompañó al exilio. El no le perdonó que haya formado su propia familia

Confesaba que su más grande dolor era pasar sus días sin compañía: “El mayor tormento es quedar solo y extranjero en medio de generaciones que lo desconocen”.

Un día especialmente húmedo y frío de marzo de 1877 lo sorprendió hasta muy tarde trabajando. Lo que primero fue un enfriamiento, el sábado 10 ya se había transformado en neumonía. Lo atendió el doctor John Wiblin. Fue él quien le avisó a Manuelita de la gravedad de su padre. Ella vivía en Londres con su marido Máximo Terrero. Solía visitarlo dos veces al año junto a sus hijos Rodrigo Tomás y Manuel Máximo. Esta vez recorrió los 120 kilómetros y llegó el lunes. Máximo había viajado a Buenos Aires. Volaba de fiebre y se conmovía con los accesos de tos. Se alegró al verla.

Si bien el martes había mejorado, en las primeras horas del miércoles 14 de marzo ella, que dormitaba junto a su cama, lo besó como acostumbraba, y al hacerlo en la mano la notó muy fría. “¿Cómo se siente, tatita?”, preguntó. “No sé, m’ hija”. Fueron sus últimas palabras.

Sepulcro de Rosas en Southampton. En esa tumba están enterrados su hija y su yerno
Sepulcro de Rosas en Southampton. En esa tumba están enterrados su hija y su yerno

En dos semanas hubiera cumplido 84 años. El lunes siguiente fueron los funerales en el cementerio local. El 24 el Southampton Times & Hampshire Express publicó una breve necrológica.

El féretro de roble inglés macizo y lustre francés, cubierto por un paño negro que tenía una cruz blanca, fue acompañado por dos coches fúnebres. La inhumación fue una ceremonia corta, de la que participaron unos pocos allegados. Se cumplió su deseo, de que en su despedida al más allá solo se rezase una misa.

Muy lejos, en Buenos Aires, al llegar la noticia, viejos federales nostálgicos de la divisa punzó y de los años de la Santa Federación salieron a manifestar, lo que dio lugar a que otros viejos unitarios que habían sufrido la persecución y el exilio hicieran lo mismo y tuvieran como blanco el sepulcro de Facundo Quiroga en La Recoleta, donde quisieron enlazar por el cuello a la Dolorosa, la escultura que coronaba el sepulcro.

La llegada de los restos de Rosas al país en 1989 tuvo una amplia repercusión en los medios
La llegada de los restos de Rosas al país en 1989 tuvo una amplia repercusión en los medios

El 30 de septiembre de 1989 por la mañana sus despojos llegaron a Rosario, donde se hizo un acto en el Monumento a la Bandera, con misa y con la presencia de sus descendientes directos. Allí Carlos Menem pronunció su primer discurso como presidente e hizo una apelación a la unidad nacional.

En el buque de la Armada Murature, fue llevado por el Paraná hacia Buenos Aires. Una parada de rigor fue en la Vuelta de Obligado, con salvas y homenaje. El 1° de octubre llegó al puerto de Buenos Aires y un multitudinario cortejo de jinetes vestidos a la usanza federal, acompañó el féretro a su destino final, la bóveda de los Ortiz de Rozas en el cementerio de La Recoleta.

En noviembre de ese año se inauguró un monumento con su figura que mira fijo al busto de Domingo Faustino Sarmiento, acérrimo opositor, colocado justo donde estaba su famoso caserón en Palermo. Y al billete de veinte pesos llevó su rostro, de los tiempos en que era llamado el Restaurador de las Leyes y de cuando se tuvo que ir del país de noche, de una ciudad que apenas conocido su derrota en Caseros, ya lo repudiaba.

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