son adultos mayores, la pandemia no los frenó y hoy disfrutan más que nunca de sus juntadas


En una famosa entrevista, Jorge Luis Borges (por entonces, de 81 años) aseguraba que «la amistad no necesita frecuencia». Ponía el ejemplo: «Con Bioy Casares nos vemos quizás cuatro o cinco veces al año y somos íntimos amigos». Cristina no estaría de acuerdo. Como hace casi cuatro décadas, está jugando al burako en una mesa del Club Lamadrid, de Devoto. Una vez por semana, con las chicas de siempre. Solo que ahora —un poco— más grandes.

Su papá fue uno de los fundadores del establecimiento, en 1950. Y ella, de las primeras en cruzar la puerta «cuando el lugar era solo de hombres». Las mujeres no tardaron en copar la cancha. «Acá tenés a la primera botinera», acota, entre risas, alguien del grupo, señalando a María Malleville (que también está jugando, obviamente).

"No apuntes con la cámara a las fichas", le dice en broma, una de las chicas al fotógrafo. Foto: Juano Tesone

«No apuntes con la cámara a las fichas», le dice en broma, una de las chicas al fotógrafo. Foto: Juano Tesone

«Yo tenía 16 años y alentaba a mi novio, que competía en fútbol. En esa época no te dejaban salir hasta tan tarde, así que venía a verlo. Mi cábala era ponerme atrás del arquero del equipo contrario». Actualmente están casados. ¿El club? Su «segunda casa».

Los inicios de su cofradía se remontan a la primera «comisión de damas» del «Lama», compuesta por jóvenes de 20 a 30 años, la mayoría del barrio, y con hijos, novios o maridos que practicaban algún deporte. Le dieron vida social al lugar. Y su impronta.

Pintaban paredes, arreglaban baños, organizaban reuniones culturales y atraían a las niñas al club. Colonia de verano, patinaje artístico. Betty Chipola, parte de la ronda, comenta que, cuando necesitaron un referí de básquet, se dedicó a aprender el oficio de cero. Entre mates y trabajo, se fueron conociendo y queriendo.

¿Aburren el burako y la canasta? La respuesta llega al unísono y en forma de grito: «¡No!». Estas mujeres se toman el juego muy en serio. Son competitivas. Se han quedado desde las 16.30 hasta 2 am. Y un trabajador del bar sopló que a veces llegan antes del horario de apertura. Si tienen que ir al baño o atender una llamada, dan vuelta sus fichas y cartas, o las cubren con un pañuelo.

Estuvieron diez meses sin ir al club, pero se seguían reuniendo en casas, centros de jubilados, parques, bares. Hasta que las convocaron oficialmente de nuevo, con oficina propia y todo. La pandemia no las había detenido. «Nos cuidamos siempre. Cuando habilitaron las plazas, nos juntamos ahí. ¡Hacía un frío! Era pleno invierno y llevábamos frazadas para taparnos», recuerda Norma Amengual.

¿La canasta? Otro clásico del grupo. Foto: Juano Tesone

¿La canasta? Otro clásico del grupo. Foto: Juano Tesone

¿Qué son cuarenta años de amistad? «Y… un montón de cosas. Con una mirada, ya sabemos quién necesita ayuda, quién precisa hablar».

No se privaron de veranear juntas, de salir a bailar y, una vez por mes, van a cenar. Los jueves son sagrados. «Lo saben nuestros nietos, nuestros esposos. Ese día, tienen que aprender a vivir sin nosotras». Es el momento «para relajarse y saber que la vas a pasar bien».

Hay demasiado camino recorrido. Esther Fernández llegó al club con cuatro nenes chiquitos. No olvida que cuando atravesó un aprieto económico, las chicas se movilizaron para celebrar los 15 años de su hija. Más recientemente, todas se complotaron para hacerle una fiesta sorpresa a Cristina Stagnaro por los 70, en el salón principal. «¡No sabía nada! Me vine con la peor ropa que te podés imaginar», cuenta.

Las risas frenan cuando es hora de bajar las fichas. Tras casi 40 años ininterrumpidos, aseguran que el juego no aburre. Foto: Juano Tesone

Las risas frenan cuando es hora de bajar las fichas. Tras casi 40 años ininterrumpidos, aseguran que el juego no aburre. Foto: Juano Tesone

Tienen tantas anécdotas que no pueden elegir. Pero una que recuerdan, de su juventud, es cuando los presos de Devoto (la cancha y la cárcel están frente a frente) las molestaban causando reflejos con los espejos. Ellos charlaban con sus hijos, les pedían consejos. «¡Y hasta nos decían si no les gustaba nuestro nuevo corte de pelo o si habíamos subido unos kilos!».

El Club Lamadrid cruzó sus caminos, como por obra del destino. Susana Calabró llegó gracias a su hermano y allí llevó a sus hijos. Entre horas de hinchada, pudo relacionarse con esas mujeres, sin las cuales ya no se puede imaginar: «No conozco otra historia como la nuestra».

El burako, como la canasta, no son solo una «excusa» para juntarse: reafirman los orígenes y el futuro de la sociedad inquebrantable que supieron armar.

De nuevo estoy de vuelta, después de larga ausencia…

«Luna cautiva», clásico de la zamba, es también una canción infaltable en el repertorio de los «Maestros cantores», un grupo heterogéneo, unido por la música y la superación. Muchos están camino a los ochenta años y la mayoría se conoce desde la Escuela Normal de Lomas de Zamora. Veinte años no es nada. Cuarenta tampoco. ¿Y sesenta?

Mientras Edgardo «Dito» Edrosa, dueño de casa, prepara la picada, Eduardo Cantero entona una de Serrat y el resto mira, casi atónito, como si lo escucharan por primera vez. «¡Que te muestre el papiro!». Tímido, saca una carpeta con hojas manchadas, como esos libros de recetas a los que se les dio mucho uso.

Los "Maestros cantores", felices, tras una interpretación de "Mujer, niña y amiga", uno de sus clásicos. Foto: Juano Tesone

Los «Maestros cantores», felices, tras una interpretación de «Mujer, niña y amiga», uno de sus clásicos. Foto: Juano Tesone

Una más antes de arrancar la charla (y la comilona). Es hora de «Los Bichos», escrita por Félix Luna. Alberto «Beto» Rodríguez (el asador) en la voz principal. Guitarra en mano y delantal: experto en ambas áreas. El periodista Julio Bazán recita. Surge un pequeño traspié, por un olvido momentáneo de la letra: el resto alarga los coros.

En la parrilla, choris, asado y un pollo relleno. Vinito y Coca light. Los amigos son ocho. Como los Orozco de León Gieco. Tal vez no tan extravagantes. Tres se recibieron del Magisterio en 1964 y mantuvieron lazos. Otros cuatro egresaron de distintos años del Nacional y, el restante, es una incorporación reciente y bienvenida.

Un integrante de la camada original, Gerardo, murió hace dos años y fue quien cohesionó a la banda. Lo consideran el padrino de las juntadas, siempre presente: «La gente buena atrae a más gente buena, es así».

Su lazo único con cada uno llevó a que, cuando enfermó, en 2010, todos se congregaran a su alrededor. Algunos se vieron las caras después de mucho tiempo. Presentaron a sus nietos, repasaron sus carreras, amores, desamores. Se fueron conociendo nuevamente. Esta vez, sin intención de separarse.

«¿Vos sabés que a mí Gerardo me salvó la vida? Literalmente. Fue intermediario en un intento de secuestro, si no, me mataban. Le voy a estar eternamente agradecido», reflexiona Guido Iantorno. No pasa mucho tiempo hasta que sorprende con una versión de «O sole mio», en italiano.

Los antiguos amigos, reencontrados hace poco más de una década, posan "para la tapa del disco". Foto: Juano Tesone

Los antiguos amigos, reencontrados hace poco más de una década, posan «para la tapa del disco». Foto: Juano Tesone

Las canciones los ayudaron a superar los momentos más difíciles. Los unieron. No recuerdan cuándo se autodenominaron los «Maestros cantores», fue algo natural. Uno aprendió a tocar el bombo en forma autodidacta y se armó la orquesta. Ensayan de forma semanal. En cuarentena, por Zoom.

Cerca de la parrilla, hay un reloj con la cara de Elvis, para recordar que nunca sobra el buen rock & roll. Eso sí, ganan las chacareras y el folclore (podría decirse que ninguno es ducho en inglés). Jorge Castro es el único que no se anima a entonar, pero alegra el ambiente con sus relatos, algunos de la secundaria. Volver a los 17, después de vivir tres cuartos de siglo.

El más cierto en horas inciertas

Miguel Ángel Acanfora es referente de trayectoria en Gerontología y Geriatría. Explica que la longevidad se basa en tres pilares: uno biológico; otro psicológico; y uno social. Este último aspecto impacta directamente en los otros.

La socialización es importantísima para la calidad de vida. El doctor habla del entorno socioeconómico y, sobre todo, el afectivo: los «referentes». Es decir, convivientes, personas en quienes confiar, amantes, parejas, amistades. «Para el adulto mayor es un problema importante empezar a perderlos por la edad».

Acanfora resalta que no hay un solo modelo de socialización. Personalidades extrovertidas coexisten con otras más retraídas o incluso ermitañas.

«Aunque, entre los más grandes, se observan más casos de cambios: gente que se abrió a nuevos acercamientos, o que se había distanciado de antiguos amigos y logró recuperar lo perdido».

Y reflexiona: «Ya no esperan fechas específicas como el Día del Amigo. La cotidianidad se vuelve más importante que en otros momentos de la vida». El paciente más joven del doctor tiene «ochenta y largos».

La ausencia repentina de ese compañero o compañera de charlas, de la cerveza de los domingos, se siente. Repercute en todo el ritual que rodeaba al encuentro. «Después de los efectos deletéreos del confinamiento —que llevó a que tantos se enfermaran o vieran empeoradas condiciones preexistentes—, ahora surge una necesidad de salir«.

Centros de día, grupos de caminata o lectura, gimnasio, amigos. Socializar es fundamental para los adultos mayores. Foto: Shutterstock

Centros de día, grupos de caminata o lectura, gimnasio, amigos. Socializar es fundamental para los adultos mayores. Foto: Shutterstock

En el caso de las señoras del burako, nadie logró ponerles freno (pasando un tiempo con ellas, se entiende por qué). La frase de Robert, uno de los «Maestros cantores», resume el argumento del doctor: «Si no nos juntamos ahora, ¿cuándo lo vamos a hacer? No voy a pasar más tiempo visitando a los doctores por cada nueva dolencia que con los muchachos».

Todos se ríen y hablan de repetidas visitas al consultorio. Aunque uno bromea con que no queda tanto hilo por cortar, cualquiera que los ve se va con la sensación de que faltan muchas historias por contar y coplas para sumar a la colección.

Probablemente ningún hit de Billboard, pero, ¿quién dice? Quizás protagonicen alguna «batalla» entre payadores y traperos.

Una lección para todas las generaciones

Seinfeld, Sex & The City y, por supuesto, Friends. Las series icónicas que marcaron a los adultos de hoy se construyeron alrededor de las vivencias de amigos y amigas (jóvenes) que compartían todos los momentos libres.

Si bien cada personaje tenía un trabajo, vínculos amorosos, familia y hobbies —que se mostraban muy poco—, queda la pregunta: ¿cómo encontraban el tiempo para visitarse e ir todos los días al café?

La amistad: un vínculo necesario en todas las etapas de la vida. Foto: Shutterstock

La amistad: un vínculo necesario en todas las etapas de la vida. Foto: Shutterstock

Son pocos los que tienen su Central Perk con sillón reservado. Las agendas de trabajo y estudio, sobre todo si hay hijos, dificultan la cotidianidad. Muchas relaciones se van desgastando, casi sin querer.

A veces, se apela a la nostalgia: a las relaciones del pasado, de la infancia y la adolescencia. Hay mucho que aprender de estas experiencias de confidentes que sostienen la complicidad, el juego y el canto a lo largo de los años. No importa si es recuerdo o es algo que vendrá. La vida siempre es mejor caminándola junto a un amigo.

AS​